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AquaChile impulsa la economía circular en la salmonicultura: innovación, reciclaje y desarrollo local en el sur de Chile

AquaChile nos aporta recursos y nos apoya para que funcione el Trencito Ecológico, permitiéndonos ser un aporte real en educación ambiental

Durante años, la sostenibilidad en la salmonicultura chilena se midió, sobre todo, en una sola dirección: producir mejor. Más eficiencia, más tecnología, más control, más estándares.

Pero hoy la conversación se está moviendo. Ya no basta con hacer bien las cosas dentro de la operación; la pregunta empieza después: qué ocurre con los residuos que deja esa actividad, cómo se reincorporan al sistema y de qué manera pueden convertirse en nuevas oportunidades para los territorios donde esta industria está presente.

La salmonicultura chilena se ha consolidado como una actividad estratégica para el país, con una cadena de valor extensa, alto nivel de tecnificación y fuerte presencia en el sur austral. Esa escala productiva, sin embargo, también trae consigo un desafío evidente: gestionar de mejor forma materiales que, durante mucho tiempo, fueron vistos simplemente como desechos. Boyas, plumavit, plásticos, redes,tuberías y embalajes, entre otros.. Elementos que antes parecían marcar el final de un proceso hoy empiezan a ser leídos de otra manera: como recursos capaces de iniciar uno nuevo.

Ese cambio de mirada comienza a verse con nitidez en Aysén, donde la economía circular dejó de ser una consigna abstracta para transformarse en una red concreta de soluciones, alianzas y emprendimientos. Y en ese mapa, AquaChile no aparece solo como una empresa que busca gestionar mejor sus residuos, sino como un actor que articula capacidades locales para que esa transformación ocurra dentro del territorio.

Las cifras ayudan a dimensionar ese tránsito. En 2024, AquaChile valorizó 105.886 toneladas de residuos, alcanzó una tasa de 93,7% de residuos reciclados, valorizados o reutilizados, y reportó que 31,4% de sus productos cuenta con envases renovables   reciclables. Además, la organización informó un aumento de 59,4% en residuos no destinados a eliminación respecto del período anterior.

Pero más que los números, lo que vuelve interesante este fenómeno son las historias que muestran cómo esa circularidad empieza a aterrizar en la práctica.

Una de ellas tiene como protagonista a Fernando Soto, fundador de Aysén Recircular, quien trabaja con uno de los materiales más difíciles de recuperar, el poliestireno expandido, más conocido como plumavit. Boyas y flotadores provenientes de centros de cultivo de AquaChile llegan hasta su planta para ser procesados y convertidos en paneles SIP, un insumo utilizado en el sector habitacional.

La gracia del modelo no está solo en resolver un problema técnico. Su valor está en conectar dos industrias que, a primera vista, parecían hablar idiomas distintos. Lo que antes era un residuo complejo, costoso de manejar y ambientalmente problemático, vuelve al circuito productivo convertido en una solución útil, demandada y con impacto local. «Tenemos un modelo innovador de trabajo conjunto donde vinculamos dos industrias. Por un lado, a la salmonicultura le resolvemos el problema del EPS, que es un residuo súper complejo de reciclar; y por otro lado, aportamos a la construcción fabricando paneles SIP con este material”, explica Soto.

En una región donde las condiciones climáticas y la estacionalidad pueden ralentizar los proyectos habitacionales, esa reconversión tiene una potencia adicional. No se trata solo de reciclar, sino de acortar distancias entre sectores, dar una segunda vida a materiales difíciles y mantener el valor en la misma zona donde ese residuo se genera.

Otra historia avanza por una ruta distinta, pero con el mismo trasfondo. Katia Inostroza, presidenta de la Asociación Gremial de Proveedores de la Industria Acuícola de Aysén, Acuiprov, impulsa una iniciativa que recoge residuos plásticos desde el borde costero y los transforma en nuevos productos para uso comunitario. Con apoyo y financiamiento de AquaChile, estos materiales son triturados y peletizados para fabricar ecomadera, botes reciclados y mobiliario urbano como mesas y bicicleteros. Aquí la economía circular no termina en la recuperación del residuo. El proceso sigue en los municipios que incorporan estos productos, en los espacios públicos que se equipan con materiales reciclados y también en los centros penitenciarios, donde internos participan en la fabricación del mobiliario. El residuo, en otras palabras, no solo cambia de forma: cambia de sentido.

En esa misma lógica se inserta el trabajo de Cristian Martino, dueño de Reciclajes Martino, una planta ubicada entre Puerto Aysén y Puerto Chacabuco. Desde ahí procesa miles de kilos mensuales de residuos sólidos provenientes de la salmonicultura, entre ellos tuberías HDPE y redes, que luego son enviados a empresas recicladoras certificadas en otras zonas del país. Su experiencia demuestra algo esencial que es que la economía circular no solo requiere voluntad, también necesita capacidad operativa, trazabilidad e infraestructura.

Pero en su caso hay un componente adicional que amplía todavía más el alcance de esta historia. Con apoyo económico de AquaChile, Martino impulsa el «Trencito Ecológico», una iniciativa que recorre colegios enseñando a niños y niñas sobre reciclaje, separación de residuos y cuidado del entorno. A eso se suman contenedores de puntos limpios donados a juntas de vecinos, que acercan estas prácticas a la vida cotidiana de las comunidades.

«Nuestra idea principal y fundamental es evitar que los residuos sólidos inorgánicos que generamos en el diario vivir se dispongan en vertederos saturados de basura o queden contaminando los territorios de nuestro planeta», afirma Martino. Y agrega que «AquaChile nos aporta recursos y nos apoya para que pueda funcionar el Trencito Ecológico, lo que nos permite ser un aporte real en las campañas educativas que hacemos en la zona”.

Ahí aparece una dimensión que muchas veces queda fuera del debate donde la circularidad no se juega solo en plantas, procesos o métricas, sino también en la cultura. En la posibilidad de instalar una nueva manera de relacionarse con los residuos, no como algo que desaparece una vez que sale de la operación, sino como parte de una cadena más larga que puede tener valor económico, social y ambiental.

Esa es, probablemente, la señal más nítida del momento que vive hoy la industria. La sostenibilidad ya no puede leerse únicamente como un estándar técnico o una obligación regulatoria. Empieza a entenderse como una capacidad más sofisticada, la de activar soluciones fuera del perímetro productivo, generar alianzas con emprendedores locales y abrir nuevas rutas de desarrollo a partir de materiales que antes se descartaban.

En AquaChile, esa visión forma parte de una estrategia más amplia donde cuentan con la gestión de residuos, el packaging sustentable y reciclable, además de acciones como la instalación de puntos verdes para reciclar cartón, poliestireno y bolsas plásticas, junto con una disminución parcial del uso de materiales de empaque no reciclables.

Desde esa mirada, el liderazgo corporativo deja de ser solo gestión interna y pasa a ser articulación. “En AquaChile entendemos que nuestra responsabilidad trasciende el cultivo del salmón; nuestro objetivo es que cada residuo generado se convierta en una nueva oportunidad de desarrollo económico y social para las comunidades de la zona sur. La sostenibilidad no se logra en solitario, se construye empoderando a los talentos locales», sostiene Ximena Solís, líder de Asuntos Públicos de AquaChile.

Lo que muestran estas experiencias no es una suma dispersa de buenos casos. Es algo más profundo, el esbozo de una nueva relación entre industria y territorio. Una donde la escala productiva puede convertirse también en escala de impacto positivo donde los residuos dejan de ser un problema que se empuja fuera de la vista y pasan a ser una oportunidad para emprender, innovar y reconstruir valor dentro de las propias regiones.