«Era momento de pensar en cómo podríamos ser parte de la solución»
La transformación de Ørsted es considerada uno de los casos de éxito más relevantes de la transición energética mundial. La compañía danesa logró pasar de ser una de las mayores generadoras eléctricas a carbón de Europa a liderar la energía eólica marina, demostrando que la descarbonización puede convertirse en un motor de desarrollo territorial cuando se combina con innovación, participación comunitaria y creación de valor compartido.
Cuando una empresa no gestiona adecuadamente los impactos que generan sus operaciones, el resultado suele ser una creciente tensión con las comunidades vecinas e, incluso, conflictos socioambientales que ponen en riesgo la viabilidad de sus proyectos.
Por ello, la sostenibilidad exige hoy una mirada más amplia que el simple control de las emisiones. Además de incorporar tecnologías más limpias, implica construir relaciones de confianza con las comunidades, promover su participación y generar beneficios compartidos para los territorios.
La historia de la empresa danesa Ørsted es uno de los ejemplos más reconocidos de este enfoque. En menos de dos décadas pasó de ser una de las mayores generadoras eléctricas a carbón de Europa a convertirse en líder mundial en energía eólica marina (offshore). Una transformación que no solo estuvo marcada por una profunda reconversión tecnológica, sino también por una nueva forma de relacionarse con las comunidades y otros grupos de interés (stakeholders), convirtiendo la descarbonización en una oportunidad para impulsar desarrollo económico, bienestar social y sostenibilidad.
Reconversión renovable
Los orígenes de Ørsted se remontan a 2006, cuando la fusión de la empresa estatal danesa de petróleo y gas natural con otras cinco compañías energéticas dio origen a DONG Energy. En ese momento, el 85% de su producción de calor y electricidad dependía de combustibles fósiles —principalmente carbón—, mientras que el 15% provenía de fuentes renovables. La compañía era responsable de cerca de un tercio de las emisiones de carbono de Dinamarca.
“Pero algo estaba cambiando. En varios países y regiones, como la Unión Europea, empezaban a fijar objetivos de reducción de carbono; el sector de energía renovable estaba creciendo y nuestras propias actividades intensivas en carbono enfrentaban la oposición de las comunidades. Era momento de pensar en cómo podríamos ser parte de la solución”, relatan en su sitio web.
Frente a este escenario, la empresa definió una estrategia para abandonar gradualmente el carbón y acelerar la incorporación de energías renovables, procurando que la transición fuera ambientalmente ambiciosa y financieramente viable.
Uno de los hitos decisivos ocurrió en 2009, cuando DONG Energy encargó 500 aerogeneradores para proyectos eólicos marinos, una cifra superior al total de turbinas offshore instaladas en el mundo hasta ese momento. La apuesta buscaba aprovechar las economías de escala, asegurar la cadena de suministro y reducir los costos de construcción de nuevos parques en Dinamarca y otros países europeos.
Gracias a la innovación tecnológica y a la disminución sostenida de costos, la energía eólica marina ganó competitividad. En 2016, generar electricidad mediante esta tecnología resultó más conveniente que construir nuevas centrales a carbón o gas. Un año después, la compañía completó la venta de sus activos fósiles, cerrando definitivamente esa etapa de su historia.
También en 2017 adoptó el nombre de Ørsted, reflejando una estrategia completamente orientada a la energía verde. En paralelo, fijó metas de reducción de emisiones validadas por la iniciativa internacional Science Based Targets y comprometió la eliminación total del carbón mediante el cierre de algunas centrales y la reconversión de otras para operar con biomasa.
Así, en poco más de una década, las energías renovables pasaron a representar más del 80% de su producción, permitiéndole cumplir sus primeros compromisos climáticos antes de lo previsto. Al mismo tiempo, expandió su presencia hacia América del Norte y Asia-Pacífico, incorporando energía eólica marina y terrestre, generación solar, almacenamiento, bioenergía y otras tecnologías emergentes.
En 2021 se convirtió en la primera empresa del sector energético en establecer una meta de cero emisiones netas para toda su cadena de valor, basada en criterios científicos, con horizonte al año 2040.
El proceso continuó avanzando. En 2024 cerró su última central termoeléctrica a carbón y, en 2025, el 99% de su generación eléctrica ya provenía de fuentes renovables, reduciendo en un 98% sus emisiones asociadas a sus procesos productivos y operaciones respecto de 2006.
Estos hitos, sostiene la compañía, representan la culminación de una transformación que redefinió por completo su modelo de negocios.
Beneficios para las personas
Ørsted declara que su objetivo para 2028 es mantener el liderazgo mundial en energía eólica marina y consolidarse como un referente global en sostenibilidad.
Para lograrlo, la empresa entiende que la transición energética no depende únicamente del desarrollo tecnológico. También requiere que las comunidades perciban beneficios concretos y duraderos derivados de los proyectos que se instalan en sus territorios.
Con esa convicción, desde las primeras etapas de su transformación comenzó a incorporar procesos de diálogo temprano con las comunidades potencialmente afectadas. Consultas públicas, reuniones informativas y mecanismos de participación permitieron recoger inquietudes, identificar impactos y adaptar el diseño de los proyectos en función de las realidades locales.
A partir de 2017, este enfoque se consolidó como uno de los pilares de su estrategia de sostenibilidad. La meta dejó de ser únicamente producir energía limpia para pasar también a impulsar desarrollo económico local mediante la creación de empleos, el fortalecimiento de proveedores regionales, la capacitación laboral y la inversión en infraestructura comunitaria.
Según la empresa, el diseño, construcción y operación de sus proyectos renovables en Europa, América del Norte y Asia-Pacífico han generado decenas de miles de puestos de trabajo. Paralelamente, ha impulsado el desarrollo de cadenas de suministro locales.
Uno de los casos más representativos es Taiwán. Desde 2016, Ørsted contribuyó al surgimiento de una industria eólica marina prácticamente inexistente en ese país. Solo la construcción de los parques offshore Greater Changhua generó 8.300 empleos y dio origen a cerca de 1.200 contratos con unos 200 proveedores locales. A ello se suman centros permanentes de operación y mantenimiento que aseguran actividad económica de largo plazo para la región.
En forma complementaria, la empresa ha desarrollado programas de formación técnica y alianzas con sindicatos, universidades y centros educativos para preparar trabajadores especializados para la industria de las energías renovables.
Otra de sus herramientas son los Fondos de Beneficio Comunitario (Community Benefit Funds), administrados por organizaciones benéficas independientes. Estos recursos financian iniciativas de desarrollo social e infraestructura, especialmente en Dinamarca y el Reino Unido. Solo en este último país, la empresa ha destinado más de US$14 millones para financiar más de 800 proyectos locales vinculados con educación, conservación ambiental, inclusión social y fortalecimiento comunitario. La iniciativa ha contribuido a favorecer la convivencia con comunidades costeras y rurales, así como con actividades tradicionales como la pesca.
La estrategia también ha apoyado la reconversión económica de territorios afectados por el declive de otras industrias. Uno de los casos más conocidos es el de la ciudad portuaria de Grimsby, en el noreste de Inglaterra, donde Ørsted ayudó a transformar una zona históricamente dependiente de la pesca en uno de los principales centros europeos para la operación de parques eólicos marinos. Allí invirtió en infraestructura, promovió empleos permanentes de alta calificación y respaldó iniciativas sociales como el centro Horizon Youth Zone, orientado a ampliar las oportunidades de desarrollo para niños y jóvenes.
En los últimos años, la compañía ha ampliado este enfoque hacia una visión más integral de coexistencia con los territorios. Esta considera la participación temprana de las comunidades en el diseño de los proyectos, la inclusión de grupos tradicionalmente marginados en las oportunidades económicas que ofrece la transición energética, la exigencia de estándares laborales éticos en toda la cadena de suministro y el impulso de iniciativas de restauración ambiental.
Además, participa en instancias internacionales, como la iniciativa sobre Infraestructura Responsable de Energías Renovables del Foro Económico Mundial, donde colabora en el desarrollo de metodologías para evaluar de manera más rigurosa los impactos sociales y económicos de los proyectos sobre las comunidades.
La experiencia de Ørsted demuestra que la descarbonización puede convertirse en una oportunidad para crear valor compartido cuando la transformación empresarial va acompañada de una estrategia que integra innovación, participación comunitaria y desarrollo territorial. Su evolución refleja cómo la transición energética puede generar beneficios que trascienden la reducción de emisiones, fortaleciendo las economías locales, promoviendo nuevas oportunidades para las personas y consolidando relaciones de confianza con las comunidades donde se desarrollan los proyectos.


