«Mientras más transparente sea el proceso y el impacto de los recursos, mayor será la credibilidad frente a los inversionistas»
Las finanzas sostenibles están evolucionando hacia una nueva etapa, donde la biodiversidad, la conservación de los océanos y el impacto social adquieren un rol estratégico. Durante REGENERA 2026, expertos nacionales e internacionales analizaron cómo instrumentos como los bonos azules, bonos verdes y bonos de biodiversidad están transformando la forma en que se moviliza el capital hacia proyectos con beneficios ambientales, económicos y sociales medibles.
Si hace una década las finanzas sostenibles eran consideradas un mercado de nicho, hoy se han convertido en uno de los principales motores de inversión a nivel global. Sin embargo, el foco también está cambiando. Si en un comienzo la atención se concentró en reducir emisiones y enfrentar el cambio climático, actualmente el sector financiero avanza hacia una visión más amplia que incorpora la protección de la biodiversidad, la conservación de los océanos y el fortalecimiento del tejido social.
La tendencia quedó en evidencia durante el evento REGENERA 2026, realizado en junio en Puerto Varas, un espacio de conversación donde representantes de instituciones financieras de Chile y Ecuador analizaron el crecimiento de instrumentos como los bonos verdes, bonos azules y bonos de biodiversidad, mecanismos que están movilizando miles de millones de dólares hacia proyectos con impacto ambiental y social.
Más allá de su expansión, los expertos coincidieron en que el desafío actual consiste en asegurar que los recursos lleguen efectivamente a los proyectos comprometidos, mediante estándares internacionales, sistemas de seguimiento y mecanismos de transparencia que permitan medir resultados concretos.
Ecuador: el avance de los bonos azules
Uno de los casos más destacados de la región corresponde al Banco Bolivariano de Ecuador. Su experiencia refleja cómo la protección de ecosistemas estratégicos puede transformarse en una oportunidad de financiamiento y desarrollo económico.
Carlos Santos, head of Sustainability del Banco Bolivariano y presidente del Comité de Finanzas Sostenibles de ASOBANCA, explicó que la institución marcó un precedente internacional al emitir el primer bono azul con incentivos vinculados a la sostenibilidad, una operación desarrollada en el contexto de las Islas Galápagos.
“Era un mensaje contundente para el sector acuícola y también para nosotros mismos, porque significaba comprometernos con objetivos concretos y medibles”, señaló.
La estrategia ha permitido movilizar más de US$80 millones mediante bonos azules y otros US$120 millones a través de bonos de biodiversidad, consolidando a la institución como una de las pioneras latinoamericanas en esta materia.
El banco también adoptó los estándares del Task Force on Nature-related Financial Disclosures (TNFD), convirtiéndose en uno de los primeros del mundo en incorporar este marco para gestionar riesgos y oportunidades vinculados a la naturaleza. La experiencia le valió el reconocimiento internacional como early adopter y el premio Sustainable Bank of the Year, otorgado en Londres.
Para Santos, la confianza sigue siendo el principal activo del sector: “Mientras más transparente sea el proceso y el impacto de los recursos, mayor será la credibilidad frente a los inversionistas”.
La biodiversidad entra a la agenda financiera
Desde Chile, Banco Itaú plantea que el sistema financiero ya ha avanzado en la incorporación de los riesgos asociados al cambio climático. El siguiente paso es integrar el valor económico de la biodiversidad y los servicios ecosistémicos.
Para Solange Encina, representante de la entidad, existe una oportunidad estratégica para quienes lideren este proceso. “La oportunidad está en quien se atreve a hacerlo primero, porque es quien termina estableciendo el estándar para la economía real”, sostuvo.
La ejecutiva destacó que actualmente existen marcos internacionales consolidados, como los principios de IFC, ICMA y TNFD, que permiten estructurar instrumentos financieros asociados a la conservación de la naturaleza.
En ese contexto, planteó que diversos sectores productivos del sur de Chile ya cuentan con certificaciones ambientales que podrían transformarse en ventajas competitivas para acceder a nuevas fuentes de financiamiento.
“Muchas empresas ya cumplen estándares internacionales sin visualizar el potencial financiero que tienen esos atributos. En el caso de la acuicultura, varias certificaciones podrían perfectamente ser la base para estructurar créditos o bonos azules”, afirmó.
Más allá de lo ambiental
Para la Banca Ética Latinoamericana (BELAT), la sostenibilidad financiera debe incorporar también una dimensión social.
Gerardo Wijnant, promotor del ecosistema BELAT, sostuvo que las finanzas sostenibles no pueden limitarse únicamente a indicadores ambientales, sino que deben contribuir al bienestar de las personas y las comunidades.
“El sistema financiero tiene la responsabilidad de administrar recursos que pertenecen a las personas y orientarlos hacia proyectos que generen bienestar colectivo, recuperen ecosistemas y reconstruyan el tejido social”, explicó.
La evaluación de proyectos realizada por la institución incorpora criterios relacionados con derechos humanos, condiciones laborales y trazabilidad de las cadenas de suministro.
Según Wijnant, la confianza es un elemento fundamental para el desarrollo de estas herramientas. “Una empresa puede cumplir financieramente con sus obligaciones, pero si incumple el propósito para el cual recibió los recursos, se rompe la confianza y la relación simplemente no puede continuar”, señaló.
Democratizar las inversiones sostenibles
El crecimiento de estos instrumentos también está abriendo oportunidades para los pequeños inversionistas.
Luca Restuccia, head of Investments & Products de BancoEstado AGF, destacó que los bonos sostenibles permiten movilizar grandes volúmenes de capital hacia proyectos con impactos medibles y sujetos a seguimiento.
“Una vez colocados en el mercado, estos fondos deben financiar proyectos previamente definidos y sujetos a mecanismos de evaluación que permitan verificar el cumplimiento de los objetivos comprometidos”, explicó.
Sin embargo, el ejecutivo plantea que la transformación financiera no depende únicamente de grandes inversionistas institucionales. También involucra a millones de personas que ahorran e invierten para su futuro.
“Los dueños de la riqueza mundial somos nosotros mismos, a través de nuestros ahorros e inversiones”, afirmó.
Bajo esa lógica, BancoEstado AGF desarrolló uno de los primeros fondos chilenos orientados a democratizar el acceso a inversiones sostenibles mediante instrumentos asociados a bonos verdes nacionales. Actualmente, el fondo administra más de US$150 millones y reúne a cerca de 47 mil inversionistas.
Para Restuccia, el próximo desafío de la industria es avanzar en educación financiera y conectar las decisiones de inversión con sus impactos reales.
“No basta con que los bancos recauden capital. También debemos ayudar a que cada inversionista entienda que su dinero puede tener un propósito y contribuir a construir una economía más sostenible”, concluyó.


