Expertos provenientes de diversas industrias del país debatieron sobre las claves que definen la nueva cadena de valor para una producción baja en carbono.
La cadena de valor sostenible en Chile se ha transformado en un eje clave para avanzar hacia una producción baja en carbono. En el Summit Chile Impacta, representantes de la salmonicultura, agricultura e innovación destacaron que la colaboración entre industrias y proveedores es fundamental para enfrentar los desafíos ambientales, productivos y competitivos del país.
El ciclo de summits “Chile Impacta | La ruta de valor compartido” consolidó su primer encuentro en Puerto Varas con una nutrida agenda, que incluyó presentación de speakers, cuatro paneles de conversación y espacios para networking. El tercer panel de la jornada presentó el tema “La nueva cadena de valor: proveedores para una industria baja en carbono”, espacio que fue moderado por Loreto Seguel, presidenta ejecutiva del Consejo del Salmón, y que contó con la participación de Margarita Ducci, directora ejecutiva de Pacto Global Chile; Mauricio Magnasco, gerente general de la Cooperativa Agrícola de Granos, y Cristian Andler, socio fundador de Greenticket.
El encuentro, orientado a promover el diálogo intersectorial sobre sostenibilidad y desarrollo productivo, se realizó en el Club House del Hotel Cabaña del Lago y congregó a representantes del sector público, privado, académico y del ecosistema de innovación.
Al inicio del debate, Seguel destacó el rol de la salmonicultura, señalando que esta industria, “sobre todo en el sur de Chile, es ejemplo de aprendizaje en momentos muy difíciles”. Y agregó: “Tenemos que mostrar lo que somos, lo que hacemos, y sentirnos orgullosos de lo que Chile es”.
En relación con la evolución del concepto de sostenibilidad, Margarita Ducci explicó que las empresas han ampliado su enfoque hacia toda la cadena de valor. “Antes, la empresa se preocupaba de su propia sostenibilidad. Hoy está mirando más allá e incorporándola a toda su cadena de suministro”, afirmó.
Dijo además que este proceso implica una mayor articulación con proveedores: “Es posible integrarse, ayudar y reconocer los requerimientos de la cadena de valor. El proveedor es fundamental en este vínculo directo entre la empresa y su ecosistema”.
No obstante, Ducci advirtió sobre la brecha entre intención y comportamiento del consumidor. “Cuando se le pregunta, más del 75% dice que se fija en la sostenibilidad. Pero en la práctica, cerca del 80% termina decidiendo por precio”, aseguró. Aun así, destacó que “la sostenibilidad hoy está instalada como un factor de competencia, no solo como un valor reputacional”.
Creada en 1999 como una iniciativa de las Naciones Unidas, el Pacto Global opera hoy en más de 160 países y articula a más de 23 mil empresas y organizaciones en torno a la sostenibilidad. En Chile, la red supera las 200 entidades adheridas. Desde esta experiencia, se observa una evolución clara: las empresas han pasado de enfocarse en medidas internas de sostenibilidad —principalmente económicas y operativas— a integrarla progresivamente a toda su cadena de suministro. Este enfoque reconoce a los proveedores como actores clave, no solo en el cumplimiento de estándares, sino que también en la construcción de valor compartido, facilitando una relación directa que permite alinear capacidades, responder a exigencias crecientes y fortalecer la sostenibilidad del ecosistema productivo en su conjunto.
Desde el ámbito agrícola, Mauricio Magnasco abordó los desafíos de integración productiva entre sectores, evidenciando una brecha histórica entre oferta local y demanda industrial. “Veíamos que la industria salmonera necesitaba insumos cada vez más sofisticados, y que esos insumos se compraban afuera. Ahí nos dimos cuenta de que estábamos en deuda como sector”, explicó. A partir de ese diagnóstico, impulsaron la creación de una cooperativa de granos integrada por agricultores, que hoy articula cerca de 120 predios y opera con sistemas de trazabilidad en toda su producción. “Era imposible que los agricultores, por sí solos, pudieran abastecer a la industria del salmón. La única forma era trabajar en conjunto”, afirmó. Actualmente, la cooperativa abastece de manera continua —24/7— a la industria de alimentos para salmones, alcanzando aproximadamente un 40% del suministro, con una demanda que incluso supera su capacidad instalada. El modelo permitió resolver una limitación estructural: la falta de escala y coordinación del sector agrícola frente a las exigencias de una industria altamente tecnificada. En ese contexto, la asociatividad dejó de ser una alternativa estratégica para convertirse en una condición de supervivencia.
El proceso, sin embargo, implicó un cambio cultural relevante. “Los agricultores están acostumbrados a trabajar solos, dentro de su propio predio. Lo más difícil fue convencerlos de que si no nos uníamos, no iba a ser posible”, reconoció.
Magnasco subrayó el impacto de la producción local en términos de sostenibilidad, ya que “el trigo producido en Chile tiene una huella de carbono similar al de Argentina, pero esa huella aumenta en un 60% cuando se importa, por el transporte. Cada grano que reemplazamos por producción local es una ganancia en carbono”.

Por su parte, Cristian Andler abordó la relación entre sostenibilidad y eficiencia económica: “Tenemos que asumir que las personas no van a pagar más por la sostenibilidad. El desafío es hacer más con menos”. En esa línea, destacó las ventajas comparativas del país: “Chile tiene una manera de trabajar muy eficiente. En productividad de granos, en gestión hídrica, incluso comparado con países como Israel. Podemos competir desde la eficiencia, la tecnología y el valor agregado”.
Andler enfatizó la necesidad de avanzar en innovación dentro de la cadena de proveedores: “Estamos trabajando con agricultores para implementar estrategias de reducción de emisiones. Este ha sido uno de los sectores que más ha avanzado en los últimos años”.
Durante el panel, Seguel valoró el potencial de las alianzas intersectoriales, especialmente entre agricultura y salmonicultura. “Esta alianza permite pensar en producción local, trazabilidad y descarbonización. Es una forma concreta de encadenar sectores productivos”, explicó.
En el cierre, los participantes coincidieron en que la colaboración es un elemento central, pero aún insuficientemente desarrollado en la práctica. “Es fácil hablar de colaboración, pero no es fácil ejecutarla. Se requiere liderazgo que escuche, que articule y que logre traducir esa colaboración en acciones concretas, porque los problemas que enfrentamos nadie los puede resolver solo”, concluyó Margarita Ducci.
El panel dejó en evidencia que la transición hacia una cadena de valor baja en carbono no depende únicamente de grandes empresas, sino que también de la capacidad de integrar a proveedores, fortalecer la producción local y generar modelos de colaboración efectivos en un contexto de creciente exigencia ambiental y competitiva.


