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– IN, ESP – Drew Cherry analiza el modelo de Noruega y los desafíos de Chile en el futuro global del salmón

La regulación en Noruega ha sido más facilitadora que restrictiva

LIDERAZGO, REGULACIÓN Y EL NEGOCIO DETRÁS DEL SALMÓN GLOBAL 

Las decisiones que hicieron de Noruega una potencia del salmón

La acuicultura en Noruega comenzó a tomar forma a inicios de los años 70. Lo que partió como una experimentación costera, terminó convirtiéndose en una de las industrias de productos del mar más sofisticadas y rentables del mundo. Hoy, el salmón del Atlántico representa más del 80% de la producción acuícola noruega, a partir de un modelo que comienza en criaderos de agua dulce en tierra y culmina en centros de engorda en el mar, aprovechando una costa privilegiada para la actividad.

La geografía noruega —que se caracteriza por sus numerosas islas, aguas frías y limpias, y la influencia estabilizadora de la corriente del Golfo— ofrece ventajas naturales evidentes. El país cuenta con cerca de 1.700 fiordos catalogados a lo largo de su costa; entre ellos, el Sognefjord, el más largo y profundo de Noruega. Su costa, altamente fragmentada, incluye también más de 239.000 islas y alrededor de 81.000 islotes. Esta compleja arquitectura costera ha sido un factor decisivo para el desarrollo de la acuicultura marina a gran escala. 

Más del 95% de la producción se exporta, posicionando al salmón cultivado como uno de los principales bienes de consumo que Noruega vende al mundo.

Desde los primeros experimentos de incubación en el siglo XIX hasta el gran avance que significó el cultivo en jaulas marinas en los años 70, el sector se consolidó como un pilar de la economía costera noruega: altamente racionalizado, tecnológicamente avanzado e integrado a los mercados internacionales.

Testigo de este escenario es el periodista Drew Cherry, quien ha pasado los últimos 25 años observando, analizando y cuestionando las fuerzas que moldean la acuicultura global.

Nacido y criado en la Alaska rural, hogar de las mayores corridas de salmón salvaje del mundo, Cherry se convirtió con el tiempo en uno de los periodistas más respetados del sector pesquero y acuícola. Como exeditor en jefe de IntraFish Media, entrevistó a los ejecutivos e investigó sobre los cambios regulatorios y los flujos de capital que definieron silenciosamente la trayectoria de la acuicultura moderna. 

Tras vivir y trabajar en Noruega y el Reino Unido, y reportear en distintos continentes, su mirada conecta territorio, gobernanza y mercados globales con una claridad poco común.

Noruega es hoy el principal exportador mundial de salmón. Desde su experiencia de más de dos décadas cubriendo la industria, ¿qué decisiones clave permitieron ese liderazgo global?

Hubo dos elementos esenciales: un gobierno que respaldó al sector y otorgó acceso al capital.

Los productores noruegos suelen argumentar que la regulación los ha limitado. Es difícil sostener esa postura cuando se observan los niveles de crecimiento y rentabilidad que ha alcanzado la industria. Si bien los nuevos regímenes tributarios y el mayor escrutinio han sido impopulares, en términos generales, Noruega ha ofrecido un marco predecible para la expansión. Esa previsibilidad atrajo capital e impulsó la innovación y la eficiencia.

Además, las empresas noruegas reinvirtieron fuertemente en sistemas productivos y tecnológicos. Se puede escuchar a algunos salmonicultores quejarse de que han sido frenados, pero los multimillonarios detrás de esas compañías suelen tener bodegas de vino bastante bien surtidas. Creo que estarán bien.

¿El desarrollo de la acuicultura en Noruega fue impulsado desde el inicio por una estrategia nacional clara o comenzó como iniciativa privada que luego el Estado estructuró?

El cultivo de salmón en Noruega creció de manera explosiva durante cinco décadas y, en muchos aspectos, el gobierno tuvo dificultades para seguirle el ritmo.

Lo que cambió el rumbo fue la llegada de capital inteligente que vio la oportunidad de consolidar y profesionalizar el sector. En los primeros años, ni los responsables de políticas públicas ni buena parte de la ciudadanía dimensionaban el potencial económico del salmón.

En honor a la industria, una parte significativa de las utilidades se reinvirtió en tecnología, eficiencia y marketing. La sanidad de los peces, en particular, ha sido una historia de éxito notable, impulsada en gran medida por el propio interés empresarial. Los productores no quieren que sus peces mueran. Eso es dinero perdido.

Dicho esto, frente a temas como el impacto sobre el salmón silvestre o el control del piojo de mar, el gobierno muchas veces reaccionó de forma tardía. En algunos casos, la regulación terminó siendo una suerte de “Frankenstein” normativo, no siempre alineado con lo que realmente ocurría en los centros de cultivo.

Noruega suele citarse como referente en gobernanza acuícola. ¿Qué elementos regulatorios han sido más determinantes?

Mucho antes que otros países, Noruega introdujo reglas claras: descansos sanitarios obligatorios (fallowing systems), límites definidos para el piojo de mar y separación mínima entre centros. Esa anticipación regulatoria le otorgó una ventaja estratégica desde el inicio.

La transparencia en el reporte de datos también ha sido fundamental. Mejora la planificación, fortalece la rendición de cuentas y aporta credibilidad institucional.

Sin embargo, la confianza pública sigue siendo un desafío, no solo en Noruega sino a nivel global. La industria está invirtiendo en nuevas tecnologías y sistemas productivos alternativos, pero estas innovaciones requieren inversiones de capital enormes, muchas veces en tecnologías que aún no están completamente probadas.

¿Cómo ha evolucionado la relación entre la acuicultura y las comunidades costeras en Noruega? ¿Qué lecciones pueden extraer otros países productores?

Las comunidades donde existe producción o procesamiento de salmón han obtenido beneficios económicos claros. Cada vez más, las empresas entienden que deben demostrar que están verdaderamente insertas en el territorio: que sus trabajadores son vecinos, que apoyan iniciativas locales y que forman parte de la vida cotidiana de esas comunidades.

Sin embargo, las lecciones no son totalmente transferibles. La población indígena en Noruega es relativamente pequeña. Países como Chile y Canadá enfrentan dinámicas sociales más complejas al relacionarse con territorios costeros. Los contextos políticos, culturales e históricos son significativamente distintos.

En contextos donde la acuicultura genera empleo pero también tensiones, ¿qué rol ha jugado el impacto social en la legitimidad del sector?

En Noruega, los conflictos sociales a gran escala han sido relativamente limitados en comparación con otros países productores. Eso no significa que no exista crítica; los debates ambientales son permanentes y, en ocasiones, intensos.

Sin embargo, el peso económico de la industria ha sido una base sólida de legitimidad. Genera empleo, ingresos fiscales y divisas para el país. El desafío hacia adelante no es solo seguir creciendo, sino demostrar desempeño ambiental y sostenibilidad de largo plazo de una manera que conecte con la ciudadanía.

Hoy, la legitimidad no depende únicamente del aporte económico, sino de la confianza.

El momento de Chile

Si Noruega representa el modelo de previsibilidad regulatoria y disciplina de capital, Chile representa escala, dinamismo y alcance global.

Según un artículo de SalmonChile, las exportaciones chilenas de salmón alcanzaron los US$6.549 millones en 2025, con un crecimiento del 3% interanual, consolidando al salmón como el segundo producto más exportado del país y el líder indiscutido después de la minería. Hoy, el sector representa más del 6% de la matriz exportadora nacional, el 15% de las exportaciones no mineras y casi la mitad de los alimentos industriales exportados.

La huella internacional de la industria es igualmente significativa. Estados Unidos concentra el 40% de las exportaciones chilenas de salmón, seguido por Japón (17%) y Brasil (13%). La producción creció un 14% en 2025 y, junto con Noruega, Chile representa el 77% de la oferta mundial de salmón.

La experiencia noruega sugiere que la competitividad de largo plazo no se construye solo sobre el volumen, sino que también sobre la claridad regulatoria, la transparencia, la reinversión tecnológica y la legitimidad social. En Noruega, la previsibilidad atrajo capital y el capital financió la innovación.

Chile, con su fortaleza productiva y sofisticación exportadora, enfrenta hoy un cruce estratégico: cómo equilibrar el crecimiento con la confianza ambiental, el diálogo territorial y la modernización de la gobernanza. La concentración de exportaciones en un número reducido de grandes empresas refleja madurez industrial, pero también eleva la exigencia de rendición de cuentas y credibilidad pública.

Si la lección noruega es que el capital sigue a la estabilidad, la oportunidad de Chile puede estar en demostrar que la escala puede convivir con la sostenibilidad.

Como sugiere Drew Cherry a lo largo de esta conversación, la legitimidad en la acuicultura moderna ya no descansa únicamente en su aporte económico… descansa en la confianza con los reguladores, con las comunidades costeras y con mercados internacionales cada vez más atentos al desempeño ambiental.

Chile ya demostró que puede competir. El próximo capítulo definirá cómo lidera.

A conversation on leadership, regulation and the politics behind aquaculture’s rise

Commercial aquaculture in Norway began to take shape in the early 1970s. What started as coastal experimentation evolved into one of the most sophisticated and profitable seafood industries in the world. Today, Atlantic salmon accounts for more than 80% of Norway’s aquaculture output, supported by a production model that combines freshwater hatcheries on land with offshore marine cages along a coastline uniquely suited for farming.

Norway’s geography — thousands of fjords and islands, cold and clean waters, and the stabilizing influence of the Gulf Stream — provided clear natural advantages. The country is home to between 1,000 and 1,700 catalogued fjords along its coastline, including the Sognefjord, the longest and deepest in Norway. Its highly fragmented shoreline also encompasses more than 239,000 islands and around 81,000 islets. This intricate coastal architecture has been a decisive factor in enabling large-scale marine aquaculture development.  

Over 95% of production is exported, positioning farmed salmon as one of the country’s most important consumer export products.

From early hatchery experiments in the 19th century to the breakthrough of marine cage farming in the 1970s, the sector grew into a cornerstone of Norway’s coastal economy — highly rationalized, technologically advanced and globally integrated.

It is within this context that Drew Cherry has spent the past 25 years observing, analyzing and questioning the forces shaping global aquaculture.

Born and raised in rural Alaska, home to the world’s largest wild salmon runs, Cherry later became one of the seafood sector’s most respected journalists. As former editor-in-chief of IntraFish Media, he covered the executives, regulatory shifts and capital flows that quietly defined the trajectory of modern aquaculture. Having lived and worked in Norway and the United Kingdom, and reported across continents, his perspective bridges territory, governance and global markets with unusual clarity.

Norway is today the world’s leading salmon exporter. From your two decades covering the industry, what key decisions enabled that global leadership?

There have been two essential elements: a supportive government and access to capital.

Norwegian farmers often argue that regulation has constrained them. That’s a difficult case to make when you consider the industry’s growth and profitability. While recent tax regimes and increased scrutiny have been unpopular, Norway has largely provided a predictable framework for expansion. That predictability attracted capital, and capital fueled innovation and efficiency.

Norwegian companies reinvested heavily in production systems and technology. You may hear salmon farmers complain about being held back — but the billionaires behind those firms tend to have well-stocked wine cellars. I think they’ll be fine.

Was Norwegian aquaculture driven by national strategy from the outset, or by private initiative later structured by the state?

Salmon farming in Norway grew explosively over five decades, and in many ways the government struggled to keep pace.

Early boom-and-bust cycles did not create stability. What changed the trajectory was smart capital recognizing the opportunity to consolidate and professionalize the sector. At the beginning, neither policymakers nor much of the public fully grasped the economic potential of salmon farming.

To the industry’s credit, a significant share of profits went back into technology, efficiency and marketing. Fish health, in particular, has been a remarkable success story — largely driven by self-interest. Farmers don’t want their fish to die; that’s money lost.

That said, when it came to issues like wild salmon impacts and sea lice, the government often reacted retroactively. In some cases, regulation became a kind of “Frankenstein” patchwork — not always informed by what was happening on farms.

Norway is often cited as a benchmark for aquaculture governance. What regulatory elements have been most critical?

Norway implemented fallowing systems, sea lice thresholds and minimum distances between farms earlier than most countries — a clear first-mover advantage.

Transparency in data reporting has also been crucial. It improves planning and accountability, and it strengthens institutional credibility.

Public trust, however, remains a challenge — not only in Norway but globally. The industry is now investing in new technologies and alternative production systems. The difficulty is that these innovations require enormous capital expenditures, often for technologies that are not yet fully proven.

How has the relationship between aquaculture and coastal communities evolved in Norway? What lessons can other producing countries draw?

Communities with salmon farming or processing operations have benefited economically. Increasingly, companies recognize they must demonstrate they are embedded locally — that their employees are neighbors, that they support community initiatives, that they are part of daily life.

But lessons are not universally transferable. Norway’s indigenous population is relatively small. Countries like Chile and Canada face more complex social dynamics when engaging with coastal territories. The political, cultural and historical contexts differ significantly.

In contexts where aquaculture creates both employment and tension, what role has social impact played in maintaining legitimacy?

In Norway, large-scale social conflict has been relatively limited compared to other producing nations. That doesn’t mean criticism is absent — environmental debates are ongoing and often intense.

However, the industry’s economic footprint has provided a strong legitimacy base. It generates jobs, tax revenues and global export income. The challenge going forward is not just economic contribution, but demonstrating environmental performance and long-term sustainability in a way that resonates with the public.

Legitimacy today depends less on growth alone and more on trust.

Chile’s Moment: Scale, Responsibility and the Next Chapter

If Norway represents the blueprint of regulatory predictability and capital discipline, Chile represents scale, dynamism and global reach.

Based on an article of SalmonChile, in 2025, Chilean salmon exports reached USD 6.549 billion, growing 3% year-on-year and consolidating salmon as the country’s second most exported product overall — and the undisputed leader among non-mining exports. The sector now represents more than 6% of Chile’s total export matrix, 15% of non-mining exports and nearly half of all industrial food exports.

The industry’s global footprint is equally significant. The United States accounts for 40% of Chilean salmon exports, followed by Japan (17%) and Brazil (13%). Production increased by 14% in 2025, and together with Norway, Chile represents 77% of global salmon supply.

The scale is undeniable. The question is what comes next.

Norway’s experience suggests that long-term competitiveness is built not only on volume, but on regulatory clarity, transparency, technological reinvestment and social legitimacy. Predictability attracted capital in Norway — and capital financed innovation.

Chile, with its production strength and export sophistication, now faces a strategic crossroads: how to balance growth with environmental trust, territorial dialogue and governance modernization. Concentration of exports among a small number of major companies reflects industrial maturity, but it also heightens the importance of accountability and public credibility.

If Norway’s lesson is that capital follows stability, Chile’s opportunity may be to demonstrate that scale can coexist with sustainability.

As Drew Cherry suggests throughout this conversation, legitimacy in modern aquaculture no longer rests solely on economic contribution. It rests on trust — with regulators, with coastal communities and with global markets increasingly attentive to environmental performance.

Chile has already proven it can compete. The next chapter will determine how it leads.