Resiter avanza hacia una industria que entiende el valor de lo circular
La transición hacia la economía circular en el sur austral está tomando fuerza gracias al trabajo de Resiter, compañía que ha demostrado que los residuos pueden convertirse en recursos estratégicos. Desde Chiloé hasta Punta Arenas, sus centros de valorización están impulsando un cambio cultural y operativo que redefine la relación entre industria, territorio y sostenibilidad.
Hoy la sostenibilidad ya no es discurso, es necesidad. Esa es la convicción que trae Álex Bahamonde, gerente de la Zona Sur Austral de Resiter, ingeniero civil químico formado en Concepción y con una trayectoria que incluye Japón también, lo ha llevado a trabajar en plantas y operaciones desde la base, entendiendo la industria desde adentro, a ras de terreno. “En la empresa lo que hacemos es convertir residuos en materias primas, transformando problemas en soluciones para las comunidades y para nuestros clientes”, explica con la calma de quien conoce cada fase del proceso.
Su rol en Resiter lo tiene recorriendo diariamente operaciones industriales, conversando con equipos técnicos y con liderazgos empresariales que hoy sienten la presión de transformarse. Para Bahamonde, la clave es nítida. “La economía circular no es una moda. Es eficiencia, es continuidad operacional y también es responsabilidad con los territorios donde estamos presentes”. Esa mirada, más pragmática que romántica, marca el tono de la conversación.
Habla de un sur que ha sido históricamente extractivo, pero también innovador. Un territorio donde el mar, los bosques y los paisajes conviven con industrias de alto impacto y donde los municipios y comunidades exigen nuevos estándares. “Nuestros clientes ya entienden que gestionar residuos no es cumplir. Es generar valor. Y cuando trabajamos juntos, aparecen oportunidades que antes eran invisibles”.
La operación de Resiter en la zona sur austral se ha expandido acompañando ese cambio cultural. Reciclar aceite, recuperar materiales, procesar filtros o residuos industriales que antes no tenían segunda vida hoy es parte del día a día. “Llevamos años mostrando que el residuo es un recurso. Y cuando el cliente lo siente así, la conversación cambia. Se vuelve estratégica”.
Resiter lleva más de cuarenta años moviendo los límites de la valorización en Latinoamérica y cerca de veinte operando en Chile. Su mapa regional es amplio y específico a la vez. En el sur, sus operaciones se distribuyen entre Chiloé, Puerto Montt, Osorno, Aysén y Punta Arenas. Hacia el norte, sus servicios cubren desde Temuco hasta la Región de Antofagasta, atendiendo industrias que van desde la minería hasta la producción de alimentos. También están presentes en México, Uruguay, Perú y Colombia.
Esa mirada coincide con la evolución del grupo Resiter y que opera transversalmente en Chile. Uno de sus principales principios es que cada residuo tiene un destino más inteligente que el sólo hecho de enterrarse. Y ese principio se traduce en tecnología, infraestructura y modelos de servicio que hoy están ayudando a que las empresas de distintos rubros rediseñen por completo su forma de operar.
En la Región de Los Lagos, Resiter se cruza con los tres motores históricos del territorio como son la salmonicultura, la agroindustria y los lácteos. Aquí la compañía despliega una red de centros de valorización que permiten transformar los residuos en insumos para nuevos ciclos productivos. Greenspot procesa plásticos. VerdeCorp comenzará operaciones en la Región de Los Lagos el próximo año. Calagro transforma toneladas de conchas de choritos de la industria mitilicultora en carbonato de calcio para nivelar pH. Natpro trata los residuos principalmente orgánicos para retornarlos al ciclo productivo. Cada centro se desempeña como “un brazo técnico” que permite a la empresa abordar la enorme diversidad de residuos que genera hoy la industria.
La sostenibilidad ya no se vive desde un equipo aislado, sino desde una convicción estructural. “Lo que hacemos es acompañar a nuestros clientes a generar procesos más limpios. Cuando ellos ven los datos, cuando ven la trazabilidad, cuando ven la recuperación real, entienden que esto no solo es correcto, sino también rentable”, agrega Bahamonde. Su frase deja en claro que las empresas que antes veían el reciclaje como obligación hoy lo entienden como ventaja competitiva.
La idea de valor compartido atraviesa su relato. El impacto positivo no es abstracto. Tiene rostro, tiene indicadores, tiene territorio. Bahamonde lo resume con simpleza. “No sirve hablar de circularidad si lo que haces no mejora la vida de las personas que viven cerca de tus operaciones”. Y en esa frase se resume una de las preocupaciones más profundas de las comunidades del sur austral, que hoy exigen que cada proyecto tenga impacto tangible y medible.
Ese enfoque dialoga directamente con el trabajo que Resiter desarrolla con productores, empresas industriales, pymes y municipios que han empezado a integrar prácticas de economía circular de manera seria. “La confianza se gana mostrando resultados. Si decimos que vamos a recuperar un residuo, lo hacemos. Si decimos que vamos a disminuir un impacto, lo demostramos con datos”.
Álex Bahamonde insiste en que la responsabilidad empresarial está cambiando. Lo que antes se resolvía con logística ahora debe resolverse con innovación, con análisis, con trazabilidad y con un enfoque donde los indicadores sociales también cuentan. “Las personas quieren saber qué pasa con lo que desechan. Y las empresas están entendiendo que responder esa pregunta es parte de su legitimidad”.
En la conversación surge el rol de la innovación como motor de esta transición. Resiter ha desarrollado procesos que permiten recuperar materiales que hace pocos años eran considerados residuos sin destino. “Cuando logramos que algo vuelva al sistema productivo, reducimos costos, evitamos impactos y demostramos que otra forma de operar es posible”. Lo dice con orgullo técnico, pero también con una mirada profundamente social.
Es evidente que Bahamonde conoce el territorio. Habla de recorrer plantas en Puerto Montt, en Chiloé, en Osorno, de conversar con operadores, encargados ambientales y gerencias que hoy están más abiertas a adoptar soluciones circulares que hace una década. “El sur es desafiante, pero también es colaborativo. Aquí hay ganas de hacer las cosas bien”.
El trabajo de Resiter en la zona sur austral se ha convertido en un puente entre innovación, sostenibilidad y operación eficiente. Una combinación que hoy es clave para cualquier empresa que quiera proyectarse en un contexto donde la regulación, las comunidades y los mercados exigen otro tipo de compromiso.
La conversación cierra con una frase que define el espíritu de esta transformación. “Nuestro objetivo es hacer que las empresas entiendan que la circularidad no es un acto aislado. Es cultura. Y cuando se convierte en cultura, el cambio no solo es posible, es inevitable”.
En la voz de Bahamonde, esa inevitabilidad no es amenaza. Es una invitación. Una invitación a un sur que se reinventa desde su propia identidad. Una invitación a una industria que entiende que el futuro será circular o no será. Y una invitación a que cada residuo sea visto no como un final, sino como un nuevo comienzo.


