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Valor compartido y sostenibilidad: la clave para destrabar proyectos en Chile, según Ignacio Urbina

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No es fácil desarrollar proyectos de envergadura en nuestro país. Para obtener una resolución de calificación ambiental (RCA) favorable —esto es, la autorización de funcionamiento más importante en nuestra legislación— se requiere de un esfuerzo y una dedicación importantes, durante varios años de trabajo.

De acuerdo con las estadísticas oficiales del Servicio de Evaluación Ambiental, actualmente toma 382 días corridos obtener la aprobación de las declaraciones de impacto ambiental (DIA), las que representan, a su vez, cerca del 95% de los expedientes ambientales; mientras que los estudios de impacto ambiental (EIA) – -un 5% de los expedientes— están tomando 1.289 días corridos en ser aprobados. Todos estos plazos se explican por la alta exigencia que actualmente tiene el sistema de evaluación de impacto ambiental.

Además, a los plazos mencionados hay que añadirles los tiempos de diseño, ingeniería y consultoría ambiental previa, de preparación de la carpeta técnica para ingresar a tramitación, lo que normalmente toma también años de trabajo. Finalmente, frente a la RCA otorgada, proceden recursos administrativos y judiciales, los que pueden demorar el desarrollo de proyectos por varios años.

Por lo tanto, para cualquier gerente de proyectos, la obtención de una RCA es un hito relevante, digno de celebración. Sin embargo, la RCA no es lo único necesario para desarrollar proyectos y puede ser litigada durante varios años. En este sentido, una RCA —y, en estricto rigor, un proyecto— será mucho más estable en la medida en que se encuentre respaldado por un riguroso trabajo técnico y territorial.

Evidentemente, una evaluación técnicamente robusta permitirá gestionar adecuadamente los impactos ambientales. Pero, además, un acercamiento adecuado a las comunidades y grupos de interés permitirá el desarrollo pacífico del proyecto, de manera sostenible, con menor probabilidad de judicialización y oposición. Es en este punto donde las estrategias de valor compartido son importantes.

¿Cómo proponer medidas adecuadas de valor compartido que propendan al desarrollo de proyectos sostenibles?

Primero, diferenciando las medidas de valor compartido respecto de aquellas que no lo son. Para que haya valor compartido, es necesario, en primer lugar, que haya creación de valor. Es decir, no todas las estrategias de relacionamiento comunitario presuponen valor compartido, porque algunas acciones se basan en principios diferentes, como la compensación.

Por ejemplo, cuando se aportan bienes a una comunidad, lo que sin duda es legítimo, no se trata de una medida de valor compartido, sino más bien de transferencia de valor. Las medidas de valor compartido son diferentes en el sentido de que propenden a la cohesión e integración con los grupos de interés. El valor compartido aparece entonces, cuando existe un valor a compartir, por ejemplo, en el mejoramiento de caminos que pueden utilizar tanto el proyecto como sus vecinos, o bien, en la construcción de redes de suministro de agua y electricidad que pueden beneficiar tanto al proyecto como a las comunidades.

Sin embargo, las estrategias óptimas de valor compartido no se refieren únicamente a obras complementarias, sino que están en el diseño mismo de los proyectos. Por ejemplo, un estadio de fútbol o un centro comercial, además de ser buenos negocios, pueden planificarse como un verdadero aporte a los barrios donde se encuentran, contribuyendo a una mejor plusvalía, seguridad, conectividad, aseo y ornato, entre otros servicios a la ciudad. Es, entonces, en la etapa de diseño donde mejor se pueden concebir estrategias de valor compartido que sean óptimas para generar cohesión e integración en torno al proyecto, contribuyendo decisivamente a su sostenibilidad.

El desarrollo de proyectos presenta enormes desafíos, incentivos y presiones para todos los equipos involucrados. Su sostenibilidad, en definitiva, requiere estrategias que permitan asegurar la predictibilidad de sus cronogramas y planificaciones, por lo que resulta crucial considerar medidas que permitan ejecutarlos de manera respetuosa con el entorno y armónica con el bien común. En este contexto, las estrategias de valor compartido son fundamentales.