“La ruta de valor compartido” inició en Puerto Varas con una conversación sobre las claves para generar vínculos virtuosos a largo plazo.
¿Qué significa realmente construir capital social en la práctica empresarial? ¿Cómo se sostiene en el tiempo y por qué se ha vuelto clave para la viabilidad de las industrias? Estas fueron las preguntas centrales que articularon el panel “Capital Social: claves que generan vínculos virtuosos a largo plazo”, con el que se dio inicio al primer Summit “Chile Impacta: La ruta de valor compartido”, organizado por VC Multimedia y que se llevó a cabo en el Club House del Hotel Cabaña del Lago, en Puerto Varas.
La conversación fue moderada por la periodista y socióloga Magdalena Browne, y reunió a Fernando Villarroel, gerente general de la salmonera Mowi; Juan Pablo Schaeffer, vicepresidente de Asuntos Corporativos y Sustentabilidad de Anglo American, y Juan Carlos Thomas, vicepresidente global de Emprendimiento y Nuevas Iniciativas de Technoserve. Como representantes de la salmonicultura, la minería y el desarrollo internacional de tecnologías, debatieron sobre los vínculos que hoy definen no solo la reputación, sino que también la continuidad operativa de las empresas en sus territorios.

El consenso fue claro: el capital social no es un accesorio reputacional, sino una condición estructural para operar. Desde la industria salmonera, Villarroel puso sobre la mesa una estrategia concreta de abrir la operación para reducir la distancia con la sociedad: “El turismo salmonero, por ejemplo, nos ha permitido mostrar qué hacemos, cómo lo hacemos y dónde lo hacemos”.
Agregó que estas instancias permiten que líderes de opinión y actores relevantes del sector público y privado comprendan mejor tanto los desafíos como las oportunidades del sector.
Pero el impacto no se queda en la percepción; también hay un efecto directo en la economía local. “El desarrollo de proveedores ha tenido impacto económico, especialmente en Aysén, donde hemos incentivado la instalación y priorización de proveedores locales”, afirmó Villarroel. La lógica es simple: sin encadenamiento productivo, no hay desarrollo territorial.
Desde la minería, Schaeffer rompió con la narrativa cómoda de la colaboración automática. En industrias donde la reputación y el posicionamiento son activos críticos, la cooperación requiere un esfuerzo deliberado. Aun así, planteó un cambio de mentalidad necesario: “Si realmente creemos que trabajamos por Chile, debería ser indiferente si una persona trabaja para nosotros o para otra empresa minera”. Eso implica algo mucho más complejo que es “generar condiciones habilitantes para que la colaboración deje de ser un discurso y se convierta en práctica”, finalizó.

Uno de los puntos más relevantes del panel fue la relación con las comunidades. “Es como un matrimonio. La confianza no se construye con intervenciones aisladas, sino con diálogo permanente y resultados concretos”, dijo Schaeffer, enfatizando que la minería opera con horizontes de hasta 80 y 100 años en un mismo territorio. En ese contexto, el representante de Anglo American declaró que “es clave que la comunidad sienta que estará mejor con nosotros que sin nosotros, y eso se demuestra con datos y con impacto real”. Y advierte: “sin legitimidad social, no hay continuidad operativa”.
Desde una mirada global, Juan Carlos Thomas aportó una perspectiva crucial de que el capital social también se construye aguas arriba en la cadena productiva. “La innovación hay que mirarla a lo largo de toda la cadena”, señaló, ejemplificando con el caso de recolectores de algas en Chiloé, cuya actividad estaba en riesgo por falta de infraestructura y capacidades. La solución no fue tecnológica en sí misma, sino que relacional, con trabajo en conjunto con las comunidades para fortalecer su rol dentro del sistema productivo. “Tiene que ser un buen negocio para todos”, afirmó. Esto implica, aseguró, “invertir en confianza, capacitación y articulación con actores públicos y privados”.
Cuando se trata de construir capital social, los aprendizajes compartidos en el panel apuntan todos en la misma dirección. Es necesario tener una presencia real en el territorio. “Los tomadores de decisión tienen que estar en el territorio, generar vínculos y dedicar tiempo a escuchar”, coincidieron los panelistas. En el caso de la salmonicultura, esto también ha implicado acompañar procesos de reconversión productiva. “Muchos proveedores vienen de otros sectores, como la pesca artesanal, y requieren apoyo para adaptarse, capacitarse y entender cómo gestionar sus negocios”, explicó Villarroel. Y aquí aparece un detalle que suele pasarse por alto: el tono. “En territorios como el sur de Chile, la relación se construye desde la cercanía, la honestidad y la coherencia. Las personas son amables, pero también muy directas”. Prometer de más no solo es un error, es una ruptura de confianza, según el representante de Mowi
La conversación cerró con la pregunta ¿cómo evitar que el valor compartido quede relegado a un discurso secundario dentro de la empresa? Schaeffer fue directo: “Es difícil convencer a los inversionistas de que la sostenibilidad genera valor, pero las empresas sostenibles tienen mejor reputación”. Y la reputación, lejos de ser un intangible, tiene efectos concretos porque atrae talento, mejora la relación con los medios y construye una narrativa empresarial con sentido. “Las empresas deben tener épica”, afirmó.
Por su parte, Villarroel llevó la discusión al terreno estratégico: “El desafío es cómo integramos el capital social en la estrategia de la empresa y lo consideramos realmente un activo para el desarrollo futuro”.
Desde TechnoServe, Thomas agregó un aspecto clave que son los indicadores y la medición: “Los datos, junto con las historias, son los que generan confianza y permiten escalar estos modelos en distintos territorios”.
Más allá de una lista de buenas prácticas, este panel aportó una redefinición del rol empresarial. El capital social no se construye con proyectos aislados ni con áreas de sostenibilidad desconectadas del negocio; se construye con decisiones estratégicas, presencia territorial y una convicción de que el éxito empresarial depende, cada vez más, de la capacidad de generar valor compartido.


