Con diálogo y evidencia científica se puede avanzar mejor
El 2 de marzo, en Empormontt, el ambiente tenía algo distinto. No era solo una ceremonia gremial. Era un cambio de etapa. En los 40 años de historia de SalmonChile, por primera vez se realizaba un traspaso formal de presidencia, un gesto simbólico en una industria que hoy es demasiado grande como para que sus movimientos pasen inadvertidos.
Ante más de 200 asistentes —autoridades, empresarios, dirigentes sindicales, representantes del mundo productivo y líderes territoriales— Arturo Clément entregó la conducción del gremio a Patricio Melero, ingeniero agrónomo, ex ministro y ex parlamentario con una larga trayectoria en materias regulatorias vinculadas a la acuicultura.
No fue solo un relevo institucional. Fue una señal de continuidad y, al mismo tiempo, de redefinición estratégica.
Clément cerró ocho años marcados por debates ambientales, tensiones regulatorias y un creciente escrutinio público. En su despedida dejó una idea que resume la madurez de la industria: la confianza no se hereda, se construye. Y en un sector que representa más del 6% de la matriz exportadora nacional, esa frase pesa.
Luego vino el turno de Melero. Su primera intervención no eludió el centro del debate que atraviesa hoy a la salmonicultura: la relación entre producción y medio ambiente. En una entrevista exclusiva con VC Magazine dijo lo siguiente: “Tengo la convicción de que la producción de salmones es absolutamente compatible con la protección de los ecosistemas y el medio ambiente, son complementarios, no son antagónicos, y a través del diálogo, de las certezas científicas y de la evidencia se puede avanzar de mejor forma en ese camino”.
En el sur austral, donde la naturaleza no es discurso sino paisaje cotidiano, esa declaración no es retórica. Es una definición política y productiva. Melero no planteó una defensa cerrada del statu quo; planteó una tesis: que el desarrollo puede sostenerse si está respaldado por ciencia, diálogo y reglas claras.
Y reglas claras es una expresión que se repitió varias veces en los pasillos. Porque el momento de Chile no es menor.
En 2025, las exportaciones chilenas de salmón alcanzaron los US$6.549 millones, con un crecimiento interanual del 3%, consolidando al salmón como el segundo producto más exportado del país después de la minería. El sector representa hoy más del 6% de la matriz exportadora nacional, el 15% de las exportaciones no mineras y casi la mitad de los alimentos industriales exportados.
Estados Unidos concentra el 40% de esos envíos, seguido por Japón con un 17% y Brasil con un 13%. La producción creció un 14% en 2025 y, junto con Noruega, Chile explica el 77% de la oferta mundial de salmón.
La magnitud es innegable. La pregunta, como se repetía entre conversaciones, es qué viene ahora.
El gobernador regional, Alejandro Santana, lo expresó en términos de competitividad y política pública:
“Nosotros estamos convencidos de que tenemos que crear una defensa de políticas públicas que fomenten una actividad que es un sello no solo nacional sino que mundial. Si no somos primero en el mundo es por razones propias del Estado chileno y que es lo que tenemos que fortalecer en los próximos años”.

La comparación con Noruega aparece inevitable. Si el modelo noruego representa previsibilidad regulatoria, disciplina de capital y estabilidad institucional, Chile representa escala, dinamismo y alcance global. La experiencia escandinava demuestra que la competitividad de largo plazo no se construye solo sobre volumen, sino sobre claridad normativa, reinversión tecnológica y legitimidad social. En Noruega, la estabilidad atrajo capital; el capital financió innovación.
Chile ya demostró que puede competir en escala. Hoy el desafío es demostrar que puede hacerlo con estabilidad y confianza.
Desde la vereda municipal, el alcalde de Puerto Montt, Rodrigo Wainraihgt, aterrizó las cifras a la realidad territorial:
“Hoy en día la salmonicultura produce 40.000 empleos directos, 40.000 indirectos, aporta 1.600 millones de dólares a las MIPIMES y 6.000 millones de dólares en exportación. Lamentablemente en estos años la industria no tuvo la posibilidad o la oportunidad de poder crecer sino que al contrario se estancaron y por eso que a propósito de estos números y de esa instancia nace el plan Salmón 2050”.
Detrás de esos números hay encadenamientos productivos que van desde Biobío hasta Magallanes. Hay proveedores logísticos, empresas tecnológicas, centros de investigación, talleres metalmecánicos, transporte marítimo y terrestre. Hay descentralización real. Pero también hay una mayor exigencia de rendición de cuentas.
La concentración exportadora en un número reducido de grandes compañías refleja madurez industrial. Pero esa misma escala eleva la expectativa pública sobre transparencia, desempeño ambiental y diálogo con comunidades costeras.
Melero asume en ese cruce estratégico. Entre el volumen y la legitimidad. Entre la necesidad de crecimiento y la urgencia de certezas. Entre la escala productiva y la sofisticación regulatoria que exige el siguiente nivel.
Chile representa dinamismo. Noruega representa previsibilidad. El desafío chileno es demostrar que puede integrar ambas dimensiones.
La ceremonia en Empormontt cerró con conversaciones largas, saludos formales y una invitación extendida al próximo Salmón Summit 2026 en Frutillar. Pero lo verdaderamente relevante no estuvo en el cóctel ni en la fotografía oficial. Estuvo en la pregunta que quedó flotando en el aire húmedo de Puerto Montt:
¿Cómo se lidera cuando ya se alcanzó la escala?
Chile ya probó que puede competir. El próximo capítulo definirá si puede liderar con estabilidad, sostenibilidad y confianza. Y en esa respuesta no solo se juega el futuro de un gremio. Se juega parte del modelo de desarrollo del sur austral.


