El valor compartido ha avanzado más en lo comunicacional que en la práctica.
En su edición de enero-febrero de 2011, la revista Harvard Business Review publicó un artículo titulado “Creación de valor compartido: Cómo reinventar el capitalismo y desatar una ola de innovación y crecimiento», escrito por el economista. académico Michael Porter, junto al consultor especializado en impacto social Mark Kramer. En este documento, los autores plantearon formalmente el concepto de “valor compartido” como una nueva forma de entender el rol de las empresas en la sociedad, indicando básicamente que estas pueden generar al mismo tiempo beneficios económicos y sociales, para lo cual la variable socio-ambiental se debe integrar también a los modelos de negocio.
La propuesta surgió en el contexto académico y empresarial de la Harvard Business School, en Estados Unidos. Y desde entonces, se empezó a difundir, discutir, enseñar e implementar en los círculos universitarios y corporativos de diversas partes del mundo, incluyendo Chile, donde -según distintos académicos- si bien estos postulados están presentes en las aulas, su aplicación por parte de las empresas sigue siendo limitada.
GESTIÓN EMPRESARIAL
Transcurridos quince años desde que se presentó la teoría del “valor compartido», ¿qué nivel de incidencia tienen hoy las propuestas de Porter y Kramer en la gestión de las empresas en Chile?
Jorge Berríos, director académico del Diplomado en Finanzas de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile, comenta que los conceptos expuestos en 2011 “tienen mucha vigencia actualmente en todas las empresas, aunque esto no quiere decir que los están aplicando.
Las pymes o empresas medianas, por ejemplo, aplican algunos conceptos, pero de manera vaga, porque no tienen recursos y su foco está en sobrevivir y dar continuidad a sus operaciones”. A su juicio, la mayoría de las empresas entiende que su desarrollo económico tiene que estar vinculado con su entorno y trata de mantener una relación armoniosa con las personas, las comunidades y el medio ambiente. “Ahora, eso es diferente a que cada empresa aplique en términos estructurales ciertas metodologías que estén formalizadas. Creo que mucho más se ha formalizado el tema de la responsabilidad social empresarial, que los conceptos de ‘creating shared value”, expresa Berríos.
En lo que respecta a las trabas para implementar este concepto por parte de las empresas, el académico de la U. de Chile sostiene que, si bien la mayoría de los profesionales conoce y entiende este concepto, incorporarlo en los modelos de negocio es más difícil, “porque muchas empresas están preocupadas del día a día y de sobrevivir en un mundo bastante complejo, y no están dedicadas al perfeccionamiento de modelos de negocio o a temas de responsabilidad social empresarial. Por lo tanto, creo que es un tema de tiempo y espacio para aplicar ciertos elementos que le generan valor a las compañías”.
Berríos advierte que existen numerosos métodos de mejoramiento y optimización de los procesos que las empresas pueden implementar, y que las más grandes están optando por modelos como Sig Sixma o Lean Manufacturing más que por los conceptos de valor compartido.
Por su parte, Claudio Zaror, profesor emérito del Departamento de Ingeniería Química de la Universidad de Concepción, considera que la incidencia de este concepto en la gestión de la mayoría de las empresas en Chile ha sido bastante débil. “Su uso es más bien de índole comunicacional, con muy pocos ejemplos exitosos de estrategias de negocio en los que se constate una real implementación de valor compartido», asegura.
El lento avance lo atribuye a dificultades internas y de índole cultural: «La mayoría de las gerencias corporativas funcionan con objetivos de corto plazo, privilegiando utilidades privadas inmediatas. La implementación de estrategias de valor compartido generalmente resulta en ganancias privadas muy marginales, que se constatan en el mediano plazo. Los principales beneficios para la empresa se traducen en el fortalecimiento de la licencia social y, por desgracia, en muchos casos eso no representa un objetivo prioritario en la toma de decisiones. Más aún, la mayoría de las empresas carecen de capacidades profesionales necesarias para la efectiva implementación de estrategia de valor compartido”.
El académico de la U. de Concepción recomienda que este concepto “debería estar presente en la toma de decisiones en todos los niveles de la empresa, como parte de una cultura organizacional robusta e integral; sin embargo, esto aún no es parte de la realidad cultural de nuestro país».
Una opinión similar plantea Arturo Alba, director de Ingeniería Civil Industrial de la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI), quien expresa que «el concepto ha avanzado en presencia discursiva más que en implementación estructural. Hoy, en Chile, muchas empresas hablan de sostenibilidad, impacto social, propósito o ESG. Sin embargo, el valor compartido, en el sentido más riguroso planteado por Porter y Kramer, implica algo más profundo: rediseñar el modelo de negocios para que los problemas sociales o ambientales se transformen en oportunidades competitivas”.
Alba agrega que, “en sectores como minería, energía, agroindustria o servicios financieros, vemos avances interesantes, por ejemplo, en empresas que integran desarrollo de proveedores locales como parte de su estrategia de eficiencia operacional. También en proyectos energéticos que incorporan innovación tecnológica para reducir huella ambiental y costos, simultáneamente, y en instituciones financieras que desarrollan productos para inclusión financiera con rentabilidad sostenible».
No obstante, advierte Alba, todavía existe una brecha entre iniciativas aisladas y una integración real en la estrategia corporativa. «Estamos en una fase intermedia de integración efectiva en las prácticas de gestión, porque el concepto es conocido en muchos directorios y alta gerencia, en especial de corporaciones y grandes empresas, estando parcialmente integrado en el diseño estratégico, sus narrativas y reportes.
Sin embargo, aún falta mayor profundidad en métricas, rediseño de procesos y asignación de capital bajo lógica de valor compartido. El desafío no es declarativo, es estructural», expone el académico de la UAI.
Para el doctor Juan Pablo Torres, decano y profesor de Estrategia de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad Andrés Bello (UNAB), el concepto de creación de valor compartido’ tiene una incidencia creciente, pero aún heterogénea en la gestión empresarial chilena. “Se utiliza a menudo en el lenguaje estratégico para sostener la importancia de la sostenibilidad y su impacto en el modelo de negocio y propósito corporativo, pero a la vez son menos las empresas que miden ese impacto de forma continua y como parte de la estrategia», apunta.
Torres agrega que Porter y Kramer advirtieron tempranamente que «gran parte de la responsabilidad social corporativa tiende a volverse fragmentada, desconectada del negocio y, a veces, cosmética, apoyada en reportes y narrativas sin impacto estratégico nítido. En ese sentido, el desafío en Chile no es ‘hablar de valor compartido, sino evitar su reducción a filantropía o reputación, y llevarlo a la lógica central de la estrategia».
El académico de la UNAB comenta que un indicador importante de avance en nuestro país es que “cada vez más organizaciones se aproximan al valor compartido desde la innovación, la cadena de valor, la relación con proveedores y las agendas territoriales, alineándolo con competitividad, productividad y legitimidad social. Esto se relaciona con la noción de ‘expandir la torta’: fortalecer la creación de valor a lo largo de la cadena con clientes, proveedores y comunidades para mejorar resultados económicos y sociales de manera conjunta».
ÁREAS PROFESIONALES
¿Qué áreas profesionales de las empresas deberían manejar el concepto de valor compartido?
Desde la U. de Concepción, Claudio Zaror recuerda que este modelo implica concebir estrategias que beneficien a la empresa y a su entorno, para lo cual se necesitan profesionales capaces de identificar a las partes interesadas relevantes, sus expectativas y potencialidades de colaboración sinérgica. “Se requiere, sobre todo, generar relaciones basadas en la confianza, la cual debe construirse cuidadosamente en base a respeto, transparencia y generosidad. Se requieren esfuerzos interdisciplinarios, ya que implica abordar complejos desafíos culturales, sociales y económicos.
En los casos exitosos, se pueden identificar equipos donde se constata la presencia de sociólogos, antropólogos, economistas, periodistas, psicólogos e ingenieros, entre otros», afirma.
Arturo Alba añade que el gran error sería circunscribir este tema al área de sostenibilidad. “El valor compartido debe ser entendido, al menos, en una estructura funcional tradicional por la gerencia general, pero también las de estrategia, desarrollo de negocios, innovación, operaciones, finanzas y asuntos corporativos. Dado que Chile es un país con mucha presencia de sectores intensivos en recursos naturales, también es clave que lo comprendan áreas de proyectos, supply chain y relacionamiento comunitario», comenta.
De igual manera, explica que, si se gestiona el valor compartido desde la perspectiva de la ingeniería civil industrial, este concepto «dialoga directamente con el diseño de modelos de negocio y modelos operativos, creación de ventajas competitivas sostenibles, optimización de procesos, evaluación de proyectos y la gestión de riesgo. Pues, no se trata de un concepto ‘blando’ de la gestión, sino que es profundamente estratégico y cuantificable», dice el académico de la UAI.
El doctor Juan Pablo Torres, en tanto, subraya que el valor compartido no puede quedar confinado a un área de comunicaciones o a un departamento de responsabilidad social y corporativa, “exige rediseñar políticas y prácticas que mejoran competitividad y condiciones socioeconómicas del entorno». Por lo tanto, dice, esta materia debiera ser dominio de áreas como la gerencia general y estrategia, para elegir dónde competir, cómo diferenciarse y qué problemas sociales abordar; del área operaciones, calidad, productividad y supply chain, porque gran parte del valor compartido se juega en la cadena de valor (recursos, residuos, condiciones laborales, eficiencia energética, relación con proveedores); del área innovación, desarrollo de productos y marketing por la vía de reconcebir productos y mercados pensando en generar beneficios reales para las personas (salud, accesibilidad, seguridad, eficiencia); del área finanzas y control de gestión, para traducirlo en métricas, incentivos, evaluación de inversiones y visión de largo plazo; del área asuntos corporativos, cumplimiento y gestión de riesgos, por regulación, licencia social y gobernanza, y de las áreas personas/RR.HH. y cultura, porque la ejecución requiere conductas sostenidas que impulsen esta estrategia y no la contradigan.
El decano de la Facultad de Economía y Negocios de la UNAB agrega que Porter y Kramer son explícitos en la necesidad de puentes internos: «Los gerentes operativos deben entender el contexto competitivo ‘demafuera hacia adentro, y quienes lideran lo social deben comprender la cadena de valor en detalle».
PROGRAMAS DE ESTUDIO
Considerando la necesidad de contar con profesionales de distintas áreas que conozcan y manejen el concepto de valor compartido, las universidades en Chile han ido incorporando esta materia de estudio en sus programas, con diversos énfasis y enfoques. A continuación,
algunos ejemplos:
- Universidad de Chile:
En la Universidad de Chile, el académico Jorge Berríos señala que hoy existe mayor conciencia de que la creación de valor empresarial no depende solo de los productos o servicios, sino también de cómo las empresas se relacionan con su entorno. En ese contexto, las compañías deben proyectarse no solo como organizaciones productivamente eficientes, sino también responsables con el medio ambiente, los trabajadores y la sociedad. Por ello, en la formación universitaria se incorporan cada vez más contenidos vinculados a estos desafíos, junto con nuevas normativas como la Ley Karin y las leyes sobre delitos económicos.
Berríos explica que estos conceptos se abordan en distintas asignaturas, especialmente en programas de posgrado. Aunque no siempre se enseña explícitamente la teoría de Porter y Kramer sobre valor compartido, sus principios están presentes en la formación, por ejemplo, al enfatizar la importancia de la transparencia financiera, la responsabilidad social y el impacto que las decisiones empresariales tienen en la sociedad y en el propio desempeño de las compañías.
El académico agrega que cuando una empresa protege el medio ambiente, cuida a sus trabajadores y mantiene buenas prácticas, aumenta su capacidad de crear valor y fortalece su reputación. Esto incluso puede influir en las decisiones de los consumidores, que a veces prefieren productos más caros si perciben que incorporan valores sociales y ambientales relevantes. En ese sentido, destaca que las empresas pueden mejorar su competitividad económica y financiera si, al mismo tiempo, contribuyen a mejorar las condiciones sociales y económicas de las comunidades donde operan.
- Universidad Adolfo Ibáñez:
En la Universidad Adolfo Ibáñez, el concepto de valor compartido se integra de manera transversal en la formación, aunque no siempre bajo ese nombre. Según Arturo Alba, está presente en cursos como Estrategia Competitiva, Transformación Digital, Gestión de Operaciones, Dirección Estratégica, Evaluación de Proyectos y Sostenibilidad y Empresa, en los que se analiza cómo transformar modelos de negocio y procesos productivos para reducir externalidades y aumentar la eficiencia. También forma parte de programas de posgrado y educación ejecutiva, como los MBA, el Magíster en Gestión y Emprendimiento Tecnológico y programas sobre ESG, liderazgo estratégico e innovación sostenible.
La formación enfatiza que los liderazgos actuales deben integrar impacto social en decisiones de inversión, diseñar cadenas de suministro responsables y evaluar proyectos considerando riesgos ambientales y reputacionales. Asimismo, se promueve la innovación con propósito económico, social y ambiental.
Entre los contenidos prioritarios destacan la integración estratégica del impacto social en los modelos de negocio; la medición mediante indicadores que vinculen impacto social y creación de valor económico; el desarrollo de ventajas competitivas sostenibles, y la innovación orientada a desafíos país, como minería sostenible, transición energética o digitalización inclusiva. Alba subraya que, en un contexto chileno marcado por desafíos de productividad, presión ambiental y demanda de legitimidad social, el valor compartido
ofrece una ruta clara: competir resolviendo problemas reales y generando simultáneamente valor económico y social.
⚫ Universidad de Concepción:
Claudio Zaror indica que la responsabilidad social es un componente esencial del modelo educativo de la U. de Concepción, por lo que se fomenta la incorporación de estos aspectos en la formación tanto de pregrado y posgrado. “En la Universidad de Concepción, el valor compartido y otros conceptos asociados a la responsabilidad social se incluyen en la mayoría de las carreras de las facultades de Ingeniería, de Ciencias Sociales, de Ciencias
Económicas y Administrativas, y de Ciencias Ambientales. A nivel de posgrado, se puede mencionar el Magíster en Gestión Integrada de Medioambiente, Riesgos Laborales y Responsabilidad Social Empresarial, donde estas estrategias se revisan en profundidad», especifica.
Zaror plantea que los procesos formativos sobre esta materia deben estar orientados a crear capacidades profesionales para “identificar a las partes interesadas relevantes y sus expectativas; reconocer potencialidades de colaboración en iniciativas de interés mutuo; construir confianzas sobre la base del respeto, la transparencia y la generosidad; trabajar
colaborativamente en equipos interdisciplinarios; formular y evaluar proyectos considerando las dimensiones económicas, sociales, culturales y ambientales, y conocer el marco normativo aplicable y potenciales fuentes de financiamiento de proyectos colaborativos. Estos temas son abordados en los diferentes programas, considerando las particularidades
de cada ámbito profesional».
- Universidad Andrés Bello:
Juan Pablo Torres explica que en la Facultad de Economía y Negocios de la UNAB el enfoque de sostenibilidad y responsabilidad, donde se articula con mayor claridad la lógica del valor compartido, está presente en distintas instancias formativas. La facultad cuenta con un Hub de Negocios Sostenibles que impulsa microcredenciales, proyectos, investigación y docencia en esta área. Además, ofrece cursos de responsabilidad social
orientados a desarrollar habilidades de “saber”, “saber hacer” y “saber ser», junto con asignaturas vinculadas al desarrollo sostenible, diplomados y electivos en diversas carreras.
Torres señala que el objetivo es que los estudiantes comprendan que el valor compartido no es solo un complemento reputacional, sino una estrategia para generar simultáneamente valor económico y social. En la enseñanza se enfatiza diferenciar este enfoque de la responsabilidad social tradicional, siguiendo el planteamiento de Porter y Kramer, quienes sostienen que la competitividad empresarial y el bienestar de las comunidades están profundamente interconectados.
Asimismo, se destaca el rediseño del modelo de negocio como herramienta de impacto. El valor compartido no se limita a programas sociales paralelos, sino que implica revisar productos, procesos y mercados para identificar oportunidades donde abordar problemas sociales también genere ventajas competitivas.
- Universidad Gabriela Mistral:
El rector de la Universidad Gabriela Mistral, Sergio Mena, comenta que el concepto de valor compartido se aborda como una perspectiva transversal que orienta la formación profesional hacia la generación de impacto sostenible. Este enfoque se aplica en distintas carreras y programas. En Derecho, por ejemplo, se materializa a través de la Clínica Jurídica, donde estudiantes trabajan en casos reales con personas y comunidades vulnerables, fortaleciendo su formación mientras contribuyen a resolver problemáticas jurídicas. De manera similar, el Centro de Atención Psicológica permite que alumnos de Psicología brinden apoyo supervisado en salud mental, beneficiando a la comunidad y desarrollando sus competencias profesionales.
Mena asegura que el valor compartido es un elemento central de la vinculación con el medio, mediante asignaturas específicas en mallas curriculares y proyectos aplicados con organizaciones públicas, empresas y fundaciones. Entre los ejemplos destacan colaboraciones con la Red Eleam para fortalecer protocolos en establecimientos de larga estadía para personas mayores y proyectos de estudiantes de Diseño con el
Museo Andino y el Museo Histórico Nacional para ampliar el acceso a contenidos culturales.
Mena agrega que la formación prioriza la creación de valor con impacto social, la medición rigurosa de resultados y la sostenibilidad en el tiempo, junto con una dimensión ética basada en la dignidad de las personas y el servicio al país. Así, el objetivo es formar profesionales capaces de generar valor económico y social de manera simultánea y sostenible.
- Universidad de Santiago de Chile:
«Aunque el valor compartido nace en el ámbito empresarial, la Usach lo integra no solo como una técnica de negocios, sino como un imperativo ético para el desarrollo
del país», afirma David Matus-Aguilera, contador público y auditor, Magíster en Ciencias de la Administración y académico de la Facultad de Administración y Economía de la Usach.
Agrega que este concepto se enseña como la evolución de la filantropía tradicional hacia una estrategia de sostenibilidad esencial. «Se busca que el profesional no solo genere excedentes, sino que resuelva problemas sociales de forma rentable y sostenible, esto quiere decir, una solución que sea capaz de resistir las contingencias”, indica.
Algunas carreras y programas que incorporan su enseñanza son Ingeniería Comercial; Contador Público y Auditor; Administración Pública; MBA y Magíster en Gestión y Dirección de Empresas, y Magíster en Contabilidad y Auditoría. «El enfoque es directivo. Se analiza el valor compartido como una ventaja competitiva real, estudiando casos de empresas B y corporaciones que han alineado su éxito financiero con el progreso social. Se aborda desde la optimización y la economía circular», destaca.
Agrega que en la enseñanza de este concepto priorizan tres aspectos fundamentales que buscan transformar la mentalidad del estudiante. Primero, reconcepción de productos y mercados, a través del cual «se incentiva a los estudiantes a identificar necesidades sociales no satisfechas (salud, vivienda, nutrición, servicios financieros para sectores
vulnerables). El foco está en crear productos que sirvan a la sociedad y abran nuevos mercados para la empresa”, especifica.
Segundo, redefinición de la productividad en la cadena de valor, que enseña que la productividad y el bienestar social están conectados, lo que incluye el uso eficiente de recursos (energía y agua), la inversión en la capacitación de proveedores locales y la mejora de la salud y seguridad de los empleados para reducir el ausentismo y aumentar
el compromiso.
Y tercero, desarrollo de clusters locales, donde se enfatiza que ninguna empresa es una isla, enseñando cómo las organizaciones pueden fomentar ecosistemas de apoyo (universidades, ONGs, servicios públicos y competidores) para fortalecer el entorno donde compiten, creando un círculo virtuoso de prosperidad.


