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Arauco: conservación, producción forestal y desarrollo de las comunidades como claves para el futuro

“La producción y la conservación en el mundo forestal van bien de la mano”.

 

La relación entre producción forestal, conservación y desarrollo de las comunidades fue uno de los ejes de la conversación de Juan Andrés Anzieta, gerente de Patrimonio y Sustentabilidad de Forestal Arauco, en Empresas con Valor, programa de VC Magazine | Valor Compartido. El ejecutivo abordó la gestión del patrimonio natural, el aporte de los bosques a las economías locales, la prevención de incendios y proyectos vinculados al acceso al agua y la vivienda.

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El futuro de una empresa forestal también se juega en aquello que debe conservar. El suelo que permite crecer a los árboles, el agua que sostiene los ecosistemas y la biodiversidad que habita en los bosques forman parte de una actividad cuya continuidad depende de la calidad de su entorno. Para Juan Andrés Anzieta, gerente de Patrimonio y Sustentabilidad de Forestal Arauco, esa relación explica por qué producir y proteger la naturaleza son tareas que deben avanzar juntas.

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“La producción y la conservación en el mundo forestal van bien de la mano”, afirma en conversación con el programa Empresas con Valor, de VC Magazine | Valor Compartido. Su explicación parte del paisaje donde opera la compañía: un mosaico en el que conviven plantaciones productivas, bosque nativo y zonas de protección. Administrar ese patrimonio exige reconocer las funciones de cada espacio y comprender que una decisión sobre los recursos naturales puede tener consecuencias tanto ambientales como productivas.

El suelo y el agua, señala, son activos que permiten sostener el crecimiento de las plantaciones. Deteriorarlos mediante una mala gestión comprometería las posibilidades futuras de la propia empresa. Desde esa perspectiva, la conservación se integra a la planificación del negocio y a su permanencia en las comunidades donde está presente.

“Nosotros hablamos de una empresa naturaleza positiva”, sostiene Anzieta, al explicar la importancia que la compañía asigna a los activos biológicos y a los servicios ecosistémicos. Se trata, según describe, de conservar las condiciones naturales que hacen posible proyectar la actividad forestal en el tiempo y que, al mismo tiempo, entregan beneficios a las personas.

Arauco es una empresa chilena con más de cinco décadas de trayectoria, cuya expansión internacional tomó fuerza durante los años noventa. En la entrevista, el ejecutivo describe una operación que reúne patrimonio forestal en Sudamérica, instalaciones industriales en distintos países y una red comercial orientada a mercados internacionales. Desde Chile, su producción incluye celulosa y diversos productos de madera, utilizados en actividades como el embalaje y la construcción. También menciona la celulosa textil elaborada en la planta de Valdivia, como parte de la diversidad de productos de la compañía.

Esa escala internacional tiene una base concreta en las regiones donde crecen sus bosques. Según las cifras entregadas por Anzieta, Arauco administra en Chile cerca de un millón de hectáreas entre las regiones del Maule y Los Ríos. De esa superficie, alrededor de 350 mil hectáreas corresponden a bosque nativo y zonas de protección destinadas a conservar la naturaleza, la biodiversidad y los servicios que proveen estos espacios.

El valor de ese patrimonio va más allá de la madera. Anzieta menciona la regulación del ciclo hídrico, el hábitat para distintas especies y la posibilidad de acercarse a la naturaleza como algunas de sus funciones. También destaca un aporte menos visible para quienes observan la actividad forestal desde fuera: los productos que pueden recolectarse en los bosques y que contribuyen al sustento de familias y economías locales.

Hongos, nalcas, murta y otros frutos silvestres forman parte de una actividad que, de acuerdo con el ejecutivo, involucra a miles de personas en las comunidades vinculadas al sector forestal. Son productos forestales no maderables que tienen usos y circuitos de comercialización propios, y cuyo aprovechamiento abre oportunidades distintas de las asociadas directamente a la producción industrial.

Para facilitar esa actividad, Anzieta explica que la empresa cuenta con un programa de acreditación de recolectores que permite a las personas autorizadas ingresar a los bosques y aprovechar estos recursos. Algunos productos se encuentran en las zonas de protección; otros, como ciertos hongos, crecen también en las plantaciones de pino. En ambos casos, su presencia puede activar actividades económicas que forman parte de la vida de las comunidades.

“Hay toda una economía local que se activa en base a eso”, señala. Su observación permite ampliar la mirada sobre el bosque: además de su función productiva principal, puede ofrecer recursos que complementan los ingresos de quienes viven en su entorno.

La apicultura es otro ejemplo. El ejecutivo describe convenios que permiten a productores instalar sus colmenas en determinados lugares del patrimonio de la compañía. A partir de la vegetación disponible, pueden obtener mieles de distintos orígenes, incluidas algunas asociadas a especies específicas, que luego se comercializan en el país. El acceso al espacio y a sus recursos naturales se convierte así en un punto de encuentro entre la gestión forestal y otras actividades productivas.

La relación económica con las comunidades también se expresa en la cadena de proveedores. Según Anzieta, cerca del 70% de las actividades del negocio forestal se contrata de manera local. Esa vinculación, explica, tiene efectos sobre las empresas y las personas que participan directa o indirectamente en la operación, desde el Maule hasta Los Ríos.

El empleo constituye una de las formas más directas de esa relación, pero no la única. La contratación de servicios y el aprovechamiento de productos del bosque muestran cómo una actividad industrial puede conectarse con distintas economías en su entorno. Para el ejecutivo, comprender esos vínculos es parte del trabajo de sustentabilidad y del diálogo que la compañía necesita mantener con sus vecinos.

Hay, sin embargo, desafíos que atraviesan a todos quienes comparten ese paisaje. Uno de los más relevantes es la prevención de incendios forestales. Anzieta lo identifica como una prioridad que ha exigido un trabajo intenso durante los últimos años y cuya respuesta requiere la participación de empresas, instituciones públicas y comunidades.

Su preocupación parte de una realidad: un incendio puede afectar plantaciones, bosque nativo, viviendas y actividades agrícolas o ganaderas. El daño se extiende sobre un espacio compartido, por lo que la capacidad de prevenir y responder también depende de una coordinación que supere los límites de cada propiedad.

Desde la central de incendios de Arauco en Concepción, explica, se monitorea el patrimonio de la compañía y el paisaje que comparte con otros propietarios. En ese trabajo menciona la colaboración entre empresas y con CONAF, junto con el uso de cámaras con inteligencia artificial para detectar tempranamente el inicio de un fuego.

“El gran objetivo ahí es tratar de llegar lo antes posible para poder apagarlo”, afirma. La rapidez es decisiva, porque un incendio que crece puede volverse mucho más difícil de controlar. Detectarlo en su etapa inicial permite movilizar los equipos y recursos disponibles con mejores posibilidades de contener su propagación.

La tecnología, sin embargo, forma parte de una tarea más amplia. Anzieta insiste en que la prevención se desarrolla durante todo el año y comienza antes de que una alerta llegue a la central. Incluye sensibilización, educación y preparación para emergencias, con un trabajo que se intensifica junto a las comunidades para enfrentar la temporada de verano.

En la entrevista, el ejecutivo sostiene que la gran mayoría de los incendios en Chile tiene origen humano, ya sea por negligencia o intencionalidad. Por ello, atribuye especial importancia a la participación de los vecinos y a la capacidad de reconocer los riesgos cotidianos. Según relata, han observado una disminución de la ocurrencia de incendios en comunidades donde existe una participación más activa en las acciones preventivas.

Ese aprendizaje se conecta con una convicción que atraviesa su mirada sobre la relación entre empresa y sociedad: escuchar debe ser una práctica permanente. Para Anzieta, contar con canales de comunicación bilateral permite conocer las necesidades de las comunidades y orientar mejor las iniciativas en las que la empresa puede aportar.

“Tener un buen canal de diálogo con las contrapartes es como un piso necesario”, plantea. A partir de esa base, agrega, corresponde interpretar lo que surge de la conversación y participar en proyectos que respondan a las prioridades de las personas. La continuidad del negocio, desde su perspectiva, también necesita un entorno que pueda desarrollarse económica, ambiental y socialmente.

Uno de los ejemplos que presenta es Desafío Agua, programa que, según indica, lleva más de diez años de trabajo. A través de las capacidades técnicas de la compañía, la iniciativa colabora con comunidades en el desarrollo de proyectos de agua potable rural, abordando una necesidad que puede persistir incluso en zonas del sur de Chile donde las lluvias son abundantes durante el invierno.

Anzieta explica que los problemas de abastecimiento en verano tienen, en las situaciones que describe, una relación importante con la falta de infraestructura. El programa surgió al reconocer que la empresa podía contribuir con conocimientos y recursos para desarrollar soluciones junto a las comunidades y al Estado.

De acuerdo con las cifras que entrega en la conversación, estas iniciativas han involucrado inversiones superiores a diez millones de dólares y han beneficiado a miles de personas. El ejecutivo destaca, además, un efecto que se construye durante la ejecución: trabajar en un proyecto conjunto puede fortalecer la relación entre vecinos y empresa, y abrir espacios para abordar otras preocupaciones compartidas.

Cuando esa colaboración avanza, señala, también aparecen nuevas conversaciones, como la prevención de incendios. La relación adquiere continuidad porque se apoya en una experiencia concreta de trabajo y en una necesidad que las partes han buscado resolver juntas.

La vivienda constituye otra línea de colaboración mencionada en la entrevista. Anzieta explica que la compañía dispone, en algunos casos, de terrenos próximos a zonas urbanas que pueden vincularse al desarrollo de proyectos habitacionales. En esas iniciativas participan el Estado y los comités de vivienda, mientras la capacidad industrial puede contribuir mediante el suministro de madera.

El ejecutivo destaca proyectos que consideran viviendas ampliables a través de la autoconstrucción, permitiendo que una solución inicial pueda crecer. En ese proceso describe la articulación entre el ámbito forestal, el área industrial y otras empresas, en torno a una necesidad presente en las comunidades donde opera Arauco.

Agua, vivienda, recolección, proveedores y prevención de incendios son ámbitos distintos, pero en el relato de Anzieta comparten una condición: requieren conocer el entorno y sostener relaciones de largo plazo. La capacidad técnica de una empresa encuentra un espacio de aporte cuando se conecta con necesidades reconocidas por las propias comunidades y con actores que pueden contribuir a resolverlas.

Al cerrar la conversación, el ejecutivo evita plantear una fórmula única. Su énfasis vuelve a dos tareas: escuchar para comprender las prioridades de las personas y desarrollar proyectos duraderos que permitan trabajar juntos. En esa mirada, conservar el patrimonio natural y fortalecer la relación con las comunidades forman parte de las condiciones que sostienen el futuro de la actividad forestal.