«Las personas que saben para qué hacen lo que hacen son imparables.»
La empresaria y emprendedora Alejandra Mustakis, reconocida por Bloomberg entre las 500 personas más influyentes de América Latina, comparte su visión sobre el futuro del emprendimiento, el valor del capital social, la sostenibilidad y el liderazgo con propósito. En conversación con VC Magazine, plantea cómo la diversidad, la innovación y la colaboración pueden transformar el desarrollo económico de Chile en un escenario marcado por la inteligencia artificial y los desafíos globales.
En el Chile de hoy, mientras gran parte de la conversación sobre desarrollo nacional sigue centrada en inversiones, tecnología y crecimiento económico, una de las emprendedoras y empresarias más importantes del país, Alejandra Mustakis, insiste en poner el foco en las personas.
La diseñadora industrial, fundadora de empresas clave como Medular, Kauel e iF, se ha consolidado como una de las voces más relevantes del ecosistema de innovación de la región y ha sido reconocida por Bloomberg entre las 500 personas más influyentes de América Latina.
Mustakis se define como una “CEO activista”, alejándose del relato romántico y desgastado del “emprendedor heroico”. Su mirada se centra en una verdad más humana —y a menudo incómoda— sobre los desafíos del ecosistema: la importancia de la confianza y la construcción de comunidad para evitar que los emprendimientos fracasen, por muy innovadores que sean. En esta edición de VC Magazine, conversamos con ella sobre el significado del valor compartido, la riqueza del talento regional y extranjero para Chile, y por qué la sostenibilidad ya no puede ser solo una línea dentro del presupuesto de marketing.
Has mencionado que el «capital social es el motor del desarrollo». En un mundo globalizado y con un Chile que hoy integra tanto talento regional como extranjero, ¿qué importancia le asignas a este capital humano para generar valor compartido?
Siempre he creído que el talento se reparte homogéneamente entre las personas; lo que no se distribuye de la misma manera son las oportunidades. Cuando hablo de capital social como motor del desarrollo me refiero a que, sin redes, sin confianza y sin comunidad, los emprendimientos mueren solos, aunque tengan la mejor idea del mundo. Necesitamos de los demás para crecer gracias a sinergias virtuosas.
Chile integra hoy talento regional y extranjero, y eso se convierte en una enorme ventaja competitiva si sabemos aprovecharla. Tengo la convicción de que la diversidad de perspectivas, culturas y enfoques para abordar desafíos no hace más que multiplicar nuestras posibilidades de éxito. Lo he visto en la práctica en diferentes proyectos: cuando reunimos a personas distintas en torno a un propósito compartido, ocurren cosas extraordinarias.
Ese valor compartido real se construye en una trama de relaciones donde cada actor —sea emprendedor, empresa, universidad o gobierno— se siente parte de algo más grande que su propio negocio. Para eso, la confianza es fundamental. Sin confianza no hay colaboración ni ecosistema; solo islas o silos que operan por cuenta propia.
Por eso no hay que quedarse aislado en el proyecto propio. Hay que conocer gente, ampliar redes, compartir lo que uno sabe y ayudar a quienes cuentan con menos herramientas. El capital social se construye dando, no acumulando. Y cuando eso ocurre a escala, se generan transformaciones que ninguna política pública, por sí sola, puede generar.
Desde tu rol de «CEO activista», ¿cómo pueden los emprendimientos chilenos dejar de ver la sostenibilidad como un gasto?
Todavía muchas empresas ven la sostenibilidad como un ítem del presupuesto de marketing, un reporte bonito para el directorio o una línea en el balance para parecer responsables. Cuando el propósito es genuino, la sostenibilidad deja de ser un costo y se convierte en un diferenciador que forma parte de la cultura interna.
Para que la sostenibilidad surja de manera auténtica, mi receta es simple y difícil al mismo tiempo: enamorarse del problema, no de la solución. Si una empresa nace de un problema real de la sociedad o del medioambiente, la sostenibilidad pasa a ser el corazón de su modelo de negocio. Y cuando ese modelo está bien construido, resulta que hacer el bien también es rentable.
Hoy, consumidores, trabajadores e inversionistas apuestan por el triple impacto: social, ambiental y económico. La economía del futuro estará liderada por empresas con propósito, y en eso no hay vuelta atrás.
Usted afirma que las empresas sin mujeres pierden una visión necesaria. ¿Podemos aplicar esa misma lógica a la interculturalidad y al talento extranjero que llega a Chile?
Absolutamente, y lo digo con la misma convicción con la que afirmo que las empresas sin mujeres pierden una visión necesaria. La lógica es exactamente la misma, porque cuando tienes un equipo homogéneo, todos piensan parecido y comparten los mismos puntos ciegos. En un mundo que cambia de manera exponencial, eso representa un riesgo enorme.
La interculturalidad no es solo una cuestión de justicia; es una decisión estratégica. Una persona que creció en otro contexto, que resolvió problemas distintos y que posee redes de contacto en otras partes del mundo aporta algo que no se puede obtener en ningún MBA: una mirada radicalmente diferente.
Por eso mi respuesta es sí. Las empresas que no integran talento extranjero están perdiendo innovación, oportunidades de mercado y la posibilidad de ver aquello que no pueden observar desde dentro. En un país como Chile, que ha experimentado una migración importante, desperdiciar ese capital humano es un lujo que no podemos permitirnos ni como país ni como ecosistema emprendedor.
Usted ha afirmado que cree en el «talento sin fronteras». ¿Cómo pueden las redes internacionales ayudar a escalar no solo los negocios?
Las redes internacionales no solo sirven para conseguir clientes; también sirven para cambiar el relato. Cuando Chile está presente en ferias y mercados de Sevilla, Medellín, Santa Cruz o Milán, dejamos de ser el país que solo exporta cobre y comenzamos a ser el país que exporta soluciones.
Eso requiere relaciones reales, construidas sobre el propósito y la reciprocidad. Las relaciones que importan para este salto son de tres tipos: las que abren mercados, las que desafían a mejorar y las que conectan con otros que están resolviendo problemas similares en contextos diferentes.
Creo que de esas conversaciones nacen las mejores innovaciones. No hay grandes cambios cuando el ecosistema está mirando únicamente su propio ombligo. Mi gran meta es que el emprendimiento chileno trascienda fronteras con una visión iberoamericana. No queremos ser buenos solo en casa; queremos construir una identidad como exportadores de soluciones con propósito. Y eso se construye precisamente a través de redes de confianza que se fortalecen con el tiempo.
Muchos hablan de sostenibilidad por marketing. ¿Cuáles son las decisiones más difíciles que debe tomar un líder para que el propósito sea real y no un eslogan?
La decisión más difícil es aquella que implica sacrificar ingresos en el corto plazo. Ahí se separan quienes tienen un propósito genuino de quienes solo exhiben un propósito de vitrina.
Algunas de esas decisiones son rechazar proyectos rentables que no se alinean con los valores de la organización, pagar salarios justos aunque ello reduzca los márgenes, incorporar proveedores pequeños aunque sea más complejo, o destinar recursos a las comunidades sin esperar un retorno inmediato.
Pero la decisión más difícil de todas es ser coherente cuando nadie te está mirando.
Como inversionista ángel, ¿qué buscas para asegurar que el impacto sea de largo plazo?
Me enamoro del problema y observo al equipo. Como inversionista ángel en empresas sociales, tecnológicas y creativas, lo que más me importa no es el “pitch deck”, sino la persona. Busco proactividad, perseverancia, ese “creer con locura” que tienen los emprendedores de que de verdad van a llegar lejos. Sin esa combinación, incluso la mejor idea del mundo puede quedarse en el camino.
También busco modelos de negocio sostenibles en el tiempo. Un emprendimiento social que depende eternamente de donaciones o subsidios es frágil. En cambio, aquel que genera ingresos mientras resuelve un problema puede escalar y perdurar, alineando impacto y rentabilidad desde el inicio.
¿Cómo se logra que un emprendimiento sea rentable y, al mismo tiempo, actúe como motor de transformación social en las comunidades donde opera?
Creo que en la economía del futuro, la rentabilidad estará cada vez más ligada al impacto. Los consumidores buscan marcas con propósito, los trabajadores quieren empresas con alma y los inversionistas apuestan por el triple impacto. El mercado se está moviendo en esa dirección, nos guste o no.
La clave está en diseñar un modelo donde el bien social no sea un accesorio del negocio, sino la razón por la que el negocio existe y crece. La experiencia me ha enseñado que si una comunidad es mejor porque tu empresa existe, esa comunidad te cuidará y crecerá contigo.
La transformación social y la rentabilidad se retroalimentan cuando el modelo está bien diseñado. Ahí está la magia.
Considerando el complejo escenario global, incluida la inteligencia artificial, ¿cuál es tu expectativa para el desarrollo de Chile?
Chile tiene uno de los mejores ecosistemas emprendedores de la región porque posee una cultura de acción; somos ágiles. Sin embargo, todavía tenemos desafíos pendientes: democratizar las oportunidades fuera de Santiago, cerrar las brechas de género, invertir más en ciencia y reducir la burocracia.
Respecto de la inteligencia artificial, no la veo como una amenaza para quienes la adopten con propósito. Puede transformarse en la herramienta más poderosa para democratizar el conocimiento. Si logramos trabajar de manera colaborativa, Chile puede convertirse en un exportador de soluciones globales e inclusivas.
¿Qué habilidades humanas serán el verdadero “capital” de la próxima década?
Este tema me apasiona porque cuestiona la idea de que el futuro será solo tecnología. Daniel Goleman plantea que cerca del 80% del éxito en la vida y en el trabajo se explica por la inteligencia emocional, mientras que apenas un 20% corresponde al coeficiente intelectual o a las habilidades técnicas. Además, el Foro Económico Mundial la identifica como una de las competencias más importantes del mundo laboral actual.
Creo que las habilidades que distinguirán a los emprendedores de alto impacto estarán profundamente vinculadas a esa inteligencia emocional: saber leer contextos, liderar equipos diversos y tomar decisiones difíciles sin perder la humanidad.
Veo la empatía como una herramienta estratégica. También la capacidad de colaborar genuinamente, con apertura, sin ego y con propósito. La resiliencia para caer siete veces y levantarse ocho. Y la visión para identificar oportunidades donde otros aún no miran y actuar incluso cuando no existen garantías.
Por sobre todo, apuesto por la claridad de propósito. Las personas que saben para qué hacen lo que hacen son imparables. Ese propósito es un combustible que ninguna inteligencia artificial puede replicar, y ahí radica el verdadero capital del emprendedor de la próxima década.
Para aterrizar esta visión, ¿qué ejemplos locales demuestran la unión entre tecnología, economía circular y propósito?
Un gran ejemplo es 1ko junto a Arauco. Estamos desarrollando productos elaborados con fibras textiles sostenibles obtenidas de árboles cultivados en el sur de Chile bajo un modelo de manejo responsable. Son fibras más sostenibles que el algodón y, a través de ellas, creamos productos que celebran la flora y fauna en peligro de extinción del sur de Chile mediante el arte. Ese trabajo fue presentado en Milán. Chile está exportando moda circular y arte con propósito al mundo.
Y no puedo dejar de mencionar a Kura Biotech, que desde Puerto Varas desarrolla herramientas enzimáticas para laboratorios. Sus productos se utilizan para testear a más de 30 millones de personas al año en distintos países, y además destinan el 2% de sus ventas a proyectos medioambientales elegidos democráticamente por sus propios colaboradores.
Es biotecnología, impacto global y economía circular virtuosa nacida desde el sur de Chile.
¿Qué te sigue dando esperanza?
Estos ejemplos me demuestran algo en lo que creo profundamente: Chile tiene el talento, la creatividad y la capacidad para construir el futuro que queremos. Solo necesitamos más personas dispuestas a hacer, no solo a soñar. Y eso, precisamente, es lo que más me mueve.


