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OPINIÓNPORTADA

Las empresas también construyen territorios por Gina Ocqueteau, presidenta del directorio de SQM

«El rol de las empresas en el desarrollo territorial no puede reducirse al empleo. Sabemos que es necesario. Pero es el piso, no el techo.»

El desarrollo territorial se ha convertido en uno de los principales desafíos para las empresas que operan en Chile. En esta columna, Gina Ocqueteau, presidenta del directorio de SQM, reflexiona sobre el rol que pueden desempeñar las compañías para generar valor compartido a través de la educación, el emprendimiento, la innovación y la construcción de relaciones de largo plazo con las comunidades, promoviendo un crecimiento sostenible que trascienda la actividad productiva.

¿Qué dejamos en los lugares donde operamos? Esa es una pregunta que me hago con frecuencia y que creo que toda compañía debería hacerse. Cuál es el legado de las empresas que habitan espacios durante décadas y comparten con comunidades que muchas veces cuestionan el valor compartido que traen a los territorios.

En el norte de Chile esa pregunta tiene una respuesta histórica que todavía nos hace reflexionar. El salitre transformó el desierto en un polo productivo de escala mundial, significó riqueza, atrajo miles de familias y dio forma a comunidades enteras. SQM es heredera de esa historia y seguimos trabajando sobre esas bases, en los mismos territorios que durante décadas impulsaron el desarrollo del país. Esa historia nos recuerda la responsabilidad que tenemos hoy con los territorios y sus comunidades.

Por eso creo que el rol de las empresas en el desarrollo territorial no puede reducirse al empleo. Sabemos que es necesario. Pero es el piso, no el techo. Lo que una compañía puede aportar va mucho más allá: tiene que ver con educación, emprendimiento y transferencia de conocimiento. En el fondo, con la construcción de un tejido social capaz de sostenerse en el tiempo.

En SQM lo hemos entendido así. Tenemos 58 años de historia en el norte, conocimiento técnico acumulado durante décadas y una red de relaciones con comunidades que hemos construido a través del tiempo. Eso nos da una responsabilidad que va más allá de cumplir estándares o financiar proyectos sociales. Nos obliga a preguntarnos, en serio, cómo usamos lo que sabemos hacer para que el desarrollo sea real y duradero.

Entre otras cosas, hemos decidido llevar nuestro conocimiento agrícola global directamente a las comunidades del desierto. No como transferencia unilateral ni asistencialismo, sino como trabajo conjunto con agricultores locales, comunidades Aymara y organizaciones del territorio. Hoy impulsamos iniciativas de agricultura en el desierto que han permitido incorporar innovación, tecnología y nuevas capacidades productivas en zonas donde históricamente parecía imposible cultivar.

Actualmente contamos con 15 hectáreas productivas de alfalfa en la Pampa del Tamarugal, con una producción anual de más de 9.000 fardos y un impacto directo en 19 familias y miles de cabezas de ganado. Además, hemos desarrollado sistemas integrados de energía y producción, junto con pilotos de arándanos bajo tecnología de punta, demostrando que incluso en condiciones extremas es posible generar desarrollo. Son mesas colaborativas constantes, transferencia de conocimiento continua y una relación que se fortalece día a día. Porque el desarrollo que se construye junto a las personas transforma la comunidad.

Pero esto debe ir más allá. El territorio también necesita emprendedores y proveedores locales que puedan crecer y proyectarse en el tiempo. En localidades como Pozo Almonte y Tocopilla hemos impulsado programas de fortalecimiento para emprendedores e instalado Oficinas de Proveedores Locales, con herramientas de capacitación, acompañamiento y generación de oportunidades reales de desarrollo económico local. Una compañía grande puede convertirse en una plataforma de despegue para el ecosistema económico del territorio, si toma esa decisión conscientemente.

Lo mismo ocurre con la educación. El activo más duradero que podemos dejar en un territorio no es infraestructura, es capital humano. Por eso hemos trabajado en fortalecer la formación desde los liceos técnicos hasta las universidades, impulsando iniciativas de mentorías, formación y conexión con el mundo laboral a través de programas como SQMentors y SQMNexos. Porque cuando los jóvenes cuentan con más herramientas, redes y acceso a oportunidades, el impacto permanece mucho más allá de cualquier ciclo económico.

Esto no se trata de filantropía. Es un modelo de desarrollo que, bien ejecutado, beneficia tanto a las empresas como a los territorios donde operan. Y es, a su vez, una forma de entender que la licencia social no se obtiene con declaraciones, se gana en el largo plazo con coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Chile necesita que las empresas asuman este rol con convicción. No debe ser una estrategia de imagen, sino una parte constitutiva de su forma de operar. Los territorios que sostienen nuestra economía merecen compañías que estén a la altura de esa responsabilidad.

El desierto nos enseñó que nada florece solo. Todo lo que crece ahí lo hace porque alguien decidió construir las condiciones para que fuera posible. Eso es, exactamente, lo que se le pide hoy a las empresas y cómo debemos seguir actuando.