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COP30 desde la Amazonía: la voz que Latinoamérica necesitaba

La fuerza de una voz latinoamericana en la COP30

La COP30 en Belém se convirtió en un punto de inflexión para América Latina. En el corazón de la Amazonía, María Julia Arana elevó una voz crítica y urgente sobre justicia climática, financiamiento, género y transición justa, recordando que la crisis climática es, ante todo, una cuestión humana.

María Julia Arana camina por Belém con la convicción de quien entiende que la COP30 no es solo una cumbre ambiental. Esta es una prueba histórica para la región y, en particular, para América Latina. Con años de experiencia en políticas de género, sostenibilidad y articulación intersectorial, observa que este encuentro es diferente, más urgente y más político que nunca. “La Amazonía dejó de ser un imaginario. Aquí, la selva es una presencia física, un recordatorio permanente de lo que está en juego”, comenta mientras repasa una agenda intensa de diálogos, plenarios y negociaciones.

Su presencia en Belém responde a una intención clara como es elevar la voz de las mujeres en la discusión climática y empujar cambios que no pueden seguir postergándose. Pero también viene a observar cómo los países están reescribiendo su identidad climática en medio de crisis complejas. “El mundo ya entendió que la adaptación no es un lujo, es supervivencia”, dice. Esa frase, repetida en distintos foros dentro de la COP, se volvió casi un mantra entre quienes trabajan en políticas públicas. Y ella la pronuncia con la calma de quien lleva años sosteniendo la misma bandera.

En los pasillos del centro de convenciones se cruzan delegaciones indígenas, ministros, negociadores técnicos, representantes empresariales y organizaciones juveniles. Y en esa mezcla intensa, Arana hace un diagnóstico sin rodeos como son las tensiones entre desarrollo, financiamiento y justicia climática las que están más vivas que nunca. “Estamos en el corazón de la Amazonía. Este territorio te obliga a mirar la crisis con otros ojos”, reflexiona. Para ella, esta COP está marcada por un giro decisivo porque no basta con reducir emisiones, se trata de redefinir un modelo económico completo.

Arana destaca que el trabajo articulado entre gobiernos locales, sector privado y comunidades es esencial, y no un discurso vacío. Desde Chile, reconoce avances relevantes, especialmente en ciencia, energía y trabajo territorial. “Nuestro país tiene una tradición sólida en políticas climáticas. No somos perfectos, pero tenemos bases que muchos miran con interés”, afirma. A su juicio, la discusión sobre combustibles fósiles y transición justa ya no admite medias tintas. “El fin de los combustibles fósiles dejó de ser una consigna. Es una exigencia científica, social y económica”, enfatiza.

En esta COP, las delegaciones latinoamericanas han puesto sobre la mesa la urgencia del financiamiento climático. Arana lo sintetiza con claridad: “Sin recursos, la transición no existe. No pasará. No basta con tener voluntad, necesitamos instrumentos, cooperación y fondos efectivos”. Para ella, la región enfrenta una paradoja cruel, es una de las más vulnerables a los desastres climáticos, pero recibe menos del financiamiento que realmente requiere. Por eso insiste en que la conversación debe desplazarse hacia mecanismos concretos y exigibles.

En ese marco, la agenda de género ocupa un rol central. Arana lo dice sin rodeos: “Si seguimos dejando fuera a las mujeres en la toma de decisiones climáticas, estamos cometiendo un error estratégico enorme”. Desde su mirada, las mujeres no solo aportan soluciones locales, sino que lideran procesos comunitarios y productivos que aceleran la transición. “Tenemos datos, experiencias y una capacidad de articulación que no se puede seguir ignorando”, agrega.

El paso por Belém también ha permitido observar cómo los países están ajustando sus NDC, sus compromisos climáticos actualizados. Arana se detiene especialmente en este punto e indica que “las nuevas NDC deben ser más ambiciosas, pero sobre todo más reales. Ya no sirve prometer cosas que no podemos implementar”. Cree que la clave está en aterrizar la política a escala territorial y garantizar que los compromisos globales se transformen en acciones medibles. “Las comunidades no están pidiendo discursos; están pidiendo soluciones”, dice con firmeza.

Quizás uno de los temas que más le preocupa es la relación entre agricultura, regeneración de suelos y seguridad alimentaria. En los foros donde ha participado, ha repetido que la región no puede seguir dependiendo de prácticas extractivas que degradan los territorios y aumentan la vulnerabilidad climática. “La agricultura regenerativa no es una moda. Es un camino de resiliencia, productividad y futuro”, asegura.

Mientras avanza la COP30, Arana se mueve entre reuniones, paneles y conversaciones informales donde, muchas veces, se toman decisiones cruciales. Observa, escucha, participa y lleva consigo la experiencia latinoamericana, una mirada pragmática y una ética profundamente vinculada a la justicia social. “A veces creemos que las cumbres mueven al mundo. La verdad es que quienes mueven al mundo son las personas que vuelven a sus territorios y trabajan todos los días por cambiar algo”, dice al final, con una mezcla de realismo y esperanza.

En Belém, su voz ha resonado con fuerza. Una voz que no promete soluciones fáciles, que trae preguntas incómodas, que se atreve a exigir y que recuerda que la crisis climática no es una conversación técnica, sino profundamente humana. “Estamos a tiempo, pero no tenemos tiempo que perder”, concluye. 

Y mientras la humedad amazónica envuelve todo, la frase queda suspendida como una advertencia y, al mismo tiempo, como una invitación a actuar.