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HABLEMOS DE COOPERAR

Cooperativas y desarrollo territorial: una mirada estratégica desde la academia

El cooperativismo es clave para el desarrollo territorial en Chile. El académico Francisco García analiza su impacto, desafíos y el rol de la institucionalidad en fortalecer este modelo económico.

Hablar de cooperativismo y desarrollo territorial en Chile es reconocer el potencial transformador de este modelo en contextos locales. Así lo plantea Francisco García, académico de la Universidad Austral de Chile y doctor en Ciencias Sociales y Jurídicas por la Universidad de Cádiz. Con una amplia trayectoria investigando el impacto del cooperativismo en América Latina y Europa, García ofrece una mirada estructural sobre cómo las cooperativas pueden convertirse en una herramienta estratégica para el desarrollo endógeno de los territorios.

Hablar de cooperativas es hablar de confianza, de organización social y de economía con sentido. Así lo expresa Francisco García, académico de la Universidad Austral de Chile y doctor en Ciencias Sociales y Jurídicas por la Universidad de Cádiz, España. Con una vasta trayectoria de investigación aplicada al cooperativismo en América Latina y Europa, García aporta una mirada reflexiva y estructural sobre el modelo cooperativo como herramienta de desarrollo endógeno de los territorios. Su testimonio, entregado en el marco del programa Hablemos de Cooperar, invita a mirar más allá del concepto tradicional de empresa y a reconocer a las cooperativas como un actor central en la transformación de las comunidades.

Desde la experiencia acumulada en investigaciones con FAO, CEPAL y organismos regionales como la AFI o programas FIC en Aysén, García sostiene que el cooperativismo no solo aporta a la economía, sino que se posiciona como un modelo profundamente arraigado en la solución colectiva de problemas estructurales. “Las cooperativas permiten que un grupo de personas, que individualmente no podrían avanzar, lo hagan colectivamente. Es una herramienta potente para resolver necesidades que ni el mercado ni el Estado están cubriendo”, señala.

El académico hace énfasis en que los impactos del cooperativismo pueden medirse en tres dimensiones: económica, social y ambiental. No obstante, advierte que una cosa es la existencia legal de una cooperativa, y otra muy distinta es su incidencia real en el territorio. “Podemos decir que un territorio tiene cooperativas, pero si estas no inciden en la agricultura, en la educación, o en los servicios de ese lugar, entonces su impacto es muy bajo. La presencia no garantiza relevancia”, explica. En contraposición, ejemplifica con Europa, donde en algunos países más del 50% de la producción agrícola pasa por manos de cooperativas.

La comparación con Europa no es casual. García ha vivido de cerca la experiencia del viejo continente, tanto como ciudadano español como por su paso académico por instituciones francesas como la Universidad de Bordeaux y la Universidad de Rennes. En ese contexto, destaca que países como España y Francia han consolidado estructuras cooperativas robustas gracias a una construcción social de largo plazo. “Las cooperativas son una construcción lenta. En Europa llevan décadas desarrollándose, consolidándose, generando confianza, creciendo en número de socios. No es algo que aparezca de la noche a la mañana”, aclara.

Chile, en su análisis, está hoy en una etapa distinta, marcada por un impulso estatal relevante que intenta fomentar la creación de cooperativas en diversas regiones. A juicio del académico, este proceso es lógico considerando el rezago histórico que presenta el país en comparación con otras naciones OCDE. “Estamos en un momento donde se están promoviendo muchos programas y proyectos para fomentar el cooperativismo, algo que en Europa ya no es tan necesario porque el modelo está más consolidado. Aquí aún hay mucho que construir”, sostiene.

Uno de los aportes más interesantes de su análisis es el vínculo entre resiliencia territorial y presencia de cooperativas. A partir de estudios comparativos y de su propia tesis doctoral sobre el caso español, García concluye que, ante crisis económicas, las cooperativas muestran una mayor capacidad de resistir y adaptarse que las empresas tradicionales. “Durante la crisis del 2008 en España, vimos cómo las cooperativas mantuvieron mejor el empleo que las empresas convencionales. La razón es simple: en una cooperativa, el trabajador es también socio. Se toman decisiones colectivas, se hacen sacrificios compartidos. Hay más compromiso”, afirma.

Este principio, según su visión, se vuelve especialmente relevante en regiones como Aysén o Magallanes, donde el aislamiento geográfico, la baja densidad poblacional y las brechas institucionales hacen más difíciles las respuestas estatales o privadas. “Las cooperativas surgen donde hay una necesidad concreta. En contextos como Aysén, son un salvavidas. Lo que falta es un entorno institucional más favorable para que puedan desarrollarse con mayor facilidad”, plantea.

En ese sentido, uno de los desafíos que identifica con claridad es la necesidad de descentralizar los organismos de apoyo y fiscalización. García propone fortalecer la presencia regional del Departamento de Asociatividad y Economía Social (DAES), hoy altamente centralizado en Santiago. “La DAES hace un gran trabajo con los recursos que tiene, pero si de verdad queremos fomentar las cooperativas, deberíamos tener unidades regionales que acompañen, asesoren y agilicen la burocracia”, enfatiza.